|
|
Vidas paralelas de dos héroes
Se trata de dos hombres (valientes, por supuesto) que quienes nacimos a mediados de los sesenta conocemos de toda la vida. De uno, aprendimos en la escuela, en las (a veces tediosas) clases de Historia Argentina. Del otro, en nuestras casas, frente al televisor (en blanco y negro), y a la hora de tomar la leche, cuando regresábamos de aquellas antedichas clases.
Ambos se formaron en su juventud, en España. Uno llegó a ser diestro con el sable. El otro alcanzó grado de imbatible con la espada. Con el tiempo, se les ocurrió combatir a quienes los formaron, y se pusieron incondicionalmente al lado del, deseoso de emanciparse, pueblo americano. Y se valieron de disímiles estrategias para enfrentar al tirano, aunque en ocasiones salvaron sus vidas a manos de personajes secundarios. Eso los humanizó. A uno lo libró de morir aplastado por un caballo (ah, sí, porque ambos andaban de a caballo, no sé si les dije), un noble granadero correntino con grado de sargento. Al otro, lo rescató de una ejecución, un cortés caballero silencioso, mediante el archiconocido ardid del doble.
Ambos tenían la incondicional aprobación del pueblo, pero rechazaron cualquier honor que los elevara a las plataformas del poder. Preferían casi el anonimato, y sólo sonreían ante la felicidad de un pueblo con anhelo de ser libre. Suele recordarse con marca de hazaña que uno se atrevió a cruzar la escarpada cordillera de los Andes, y que el otro atravesó como un tornado (o con un Tornado) los infatigables vientos californianos.
Cuando chicos, buscábamos vestirnos como ellos, para emularlos en la ficción de nuestros juegos. Como uno salíamos al escenario de un acto escolar de agosto; como el otro a las calles de un corso de carnaval setentista. Eran nuestros héroes, y creo que ni haría falta el honor de mencionarlos por su nombre. Cualquiera sabe, a esta altura, que me refiero a don José de San Martín y a don Diego de la Vega, el Zorro.
(7 de octubre de 2003)
|
|
|
Funcionarios públicamente privados
Es curioso. Hay días en que uno se levanta con ganas de hacerse preguntas no del todo trascendentes. Sin embargo, durante el desayuno, trata de desistir de tal objetivo y se propone algo más tangible y fructífero: planificar el día con el trabajo y la familia. Con el transcurso de las horas aparece la tentación mediática: encender la radio o husmear en algún canal de cable para ponerse al tanto con las noticias. Y es allí donde, habitualmente, uno empieza a calentar el día. Porque es difícil que haya un programa mañanero que no entreviste a un experto en economía. Haya sido funcionario o no; haya dictado cátedra en el exterior o no; haya acertado con algún vaticinio de desfalco o no. Sin explicación científica de por medio, sobreviven. Son inmunes a todo tipo de cataclismo económico. Es una ciencia inexacta, o tal vez, como diría un amigo mío: los economistas son como los publicistas, un veinte por ciento de transpiración más un ochenta por ciento de justificación. Y aquella horda de expertos están siempre dispuestos a afrontar cualquier desafío inconmensurable: ayer con la convertibilidad, hoy con la devaluación; ayer con el megacanje, hoy con el acuerdo viable con el Fondo. Suelen ser acérrimos defensores de lo privado, cuando da suculentas ganancias; pero estatizantes cuando hay que equiparar las pérdidas. Y es así como surge, en forma natural, la pregunta, de revolucionario de café, de ignorante que nunca pisó Harvard, de esclavo sin remedio del sistema... Si esta gente vivió, privadamente, aconsejando, a empresarios, que se lleven las divisas al exterior; reafirmando la idea de que la capacitación de un trabajador es un gasto y no una inversión; enviando su currículum al FMI en pos del progreso de su carrera personal, para trabajar en esa entidad; consiguiendo clientes a bancos que luego estafaron a esos mismos clientes... ¿Cómo van a trabajar para EL BIEN COMÚN, cuando se transformen en funcionarios?
(11 de octubre de 2003)
|
|
|
|
| |
|
|
|