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El otro cielo, al alcance de nuestras manos
Tablero de Dirección: Esta nota es muchas notas a la vez. Se podrá elegir el orden de los párrafos como venga en ganas. (A 51 años de la publicación de "BESTIARIO", el primer libro de cuentos de Julio Cortázar, referente literario, si lo hay.)
Aquellos que hemos elegido el berretín de deslizar la birome contando ficciones, jamÁs debemos (ni queremos) imitar al maestro. Sólo por cariño y reconocimiento debemos (y queremos) seguir su camino. El de escribir por amor y con la alegría que sentíamos cuando, de niños, aprendíamos un juego nuevo.
Hace diez años nos jugó otra broma, haciéndonos creer que se fue de estas calles para siempre. Es una broma vana, porque Julio sabe que estamos seguros de que se deja andar a cada momento por un puente parisino, o por una galería porteña, o sobre una moto que viaja al tiempo y al espacio de un moteca.
Ser cómplice de un relato de Cortázar no es tan difícil. Ambos, narrador y lector van entrelazándose hasta convertirse en una sola obra indisolublemente poética.
Y fue así, siempre tan informal, poco tiempo antes de morir recibió el más cálido homenaje en su última visita a Buenos Aires. No el del bronce y la solemnidad. Sí el del afecto y el respeto de los jóvenes que le reconocían en la calle por esos días de la primavera democrática.
Julio fue un hombre que jamás traicionó sus principios, una vez comprometido con una causa. Tanto en su faz política como literaria, recogió muestras de devoción, y entregó más de lo que recibió.
Ante el asedio de la vida vertiginosa que nos propone el mundo contemporáneo, basta con sumergirse en la obra de Julio para comenzar (primero inquietantemente, después con ternura) a dudar si somos realmente quienes sostenemos el libro, o si somos alguno de los personajes que nos sostienen durante la lectura.
Y hoy nos gustaría, a cualquiera de nosotros, meternos en alguno de esos shoppings (a falta de viejas galerías) para encontrar a Josiane, y pasar la noche con ella, suplicando al lector de turno que no cierre su libro para que el sueño no acabe de inmediato.
(Publicado en "LA TORRE DE PAPEL", AÑO IV,Nº8,1994.)
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Raymond Carver, en Rosario
Existe una razón para creer que Raymond Carver visitó alguna vez nuestra ciudad, Rosario. Esa razón es un poema, "Un pez volador".
Raymond Carver, autor de enormes relatos breves como "De qué hablamos cuando hablamos de amor", "¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?",se convirtió con el tiempo en una de las voces literarias más originales que apuntó su temática a la antítesis del sueño americano.
Murió en 1988, joven, sin haber llegado a cumplir medio siglo de vida. Gozó poco tiempo de su consagración; incluso la leyenda afirma que anduvo por estos lares, en 1980, cuando aún no lo conocía nadie, menos aún lo habían leído.
En el poema en cuestión, Carver cuenta que estuvo en el salón del Jockey Club, Maipú y Córdoba, dando una conferencia, que más tarde caminó hacia el Paraná, que allí vio al pez protagonista de aquellos versos, y luego se marchó al hotel donde pasaría la noche.
Quizás, Carver se adelantó a su fama, puesto que hoy llenaría el centro de convenciones del Patio de la Madera, y firmaría libros a diestra y siniestra. Quizás, comenzó a formar parte de lo que se denomina "mito urbano". Tengo un amigo, dueño de la prosa más brillante de la ciudad, que es empleado del Jockey Club. Me cuenta, cuando le insisto sobre el tema, que allí no hay rastro alguno del paso de Carver. Ni en el libro de visitas, ni en ninguna otra parte. ¿Será consecuencia de algún "trabajito" de la dictadura que gobernaba ese momento? Lo cierto, es que en algunos bares, de vez en cuando, se habla del paso de Raymond Carver por Rosario.
El tiempo dirá si Carver, o su supuesta visita, se erigirá en un nuevo ícono cultural y popular, como el Che Guevara, Cachilo, o la Palomita de Poy. Mientras tanto, seguimos investigando.
(Octubre-2002)
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Convivencia de potrero
La desaparición de los populares campitos (potreros, en otras épocas) que alguna vez fueron testigos del surgimiento de numerosos talentos del fútbol de nuestro país, se ha dado simultáneamente con el crecimiento de unidades edilicias, tanto individuales como colectivas. Si bien es un signo del paso del tiempo y de los cambios que éste genera, no señala con certeza que el hecho conlleve cualidades positivas. Son tiempos de odio, xenofobia e insolidaridad. Con nuestra sociedad inmersa en una desigualdad sin precedentes. Sin embargo, sería interesante rescatar un rinconcito que pertenece a ese pequeño sector que aún se niega con terquedad a perder ciertos valores.
Me refiero al potrero enclavado en el Cruce Alberdi, de mi ciudad, donde sábado a sábado, por la tarde, hay gente que se reúne a soñar que juega bien al fútbol. Allí, un pedacito de Latinoamérica se da cita desde hace unos doce años, desperdigando sobre esos noventa metros de césped a algún rosarino, algún santiagueño, algún boliviano, algún chileno, algún uruguayo, algún paraguayo... Gentilicios al margen, podremos encontrar también algún empleado bancario, algún plomero-gasista, algún albañil, algún taxista, algún vendedor callejero, algún estudiante, y siguen los etcéteras. Sin más condición que la de querer jugar al fútbol (ni siquiera figura entre los requisitos la virtud de ser muy buen jugador). Sin alambrado que obstaculice la entrada. Con una multitud de árboles frondosos dispuestos a dar sombra y descanso a quien lo necesite y algunas hamacas, sube y baja, y carrousel, para algún niño con ganas de pasar la tarde. Y dos disparadores de ilusión y fantasía: los arcos, de blanco hierro y base celeste, con dos redes extendidas, dispuestas a recoger sueños a manera de golazos al ángulo superior izquierdo, de palomitas buscadas con alegría, de rabonas oportunas... Y la gambeta a la crisis diciendo presente, puesto que siempre sale alguna changa para quien la necesite, o algún enlace laboral, bien recibido, dado los tiempos que corren.
Este triángulo conformado por la diagonal de las vías del otrora ferrocarril Mitre no alberga más que a un grupo de personas que se atreve a resistir la indiferencia ajena. Donde, tal vez, el fútbol sea una excusa para confraternizar, o viceversa, más allá de que aparezca, de tanto en tanto, algún pibe de dieciséis con una habilidad increíble que le arranca una sonrisa a todos con su juego. Más allá de lo expuesto, es un ínfimo grano de arena, que demuestra que aún es posible, que no todo está perdido (Fito dixit) y que sólo es cuestión de ir a ofrecer el corazón. En estos tiempos, no es poco.
(8 de febrero de 2003)
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