|
|
El chico
Elizabeth corrió la cortina de aquella ventana del primer piso, con vista al jardín principal, de la Jefatura de Policía. Esta vez no se fijó demasiado, como era su costumbre, en el tipo de flores que poblaban el césped. Vio al chico, muy seguro de sí mismo, haciendo señas a varios agentes que le escuchaban con atención y le obedecían en el acto, permitiendo el ingreso del móvil de televisión. Ahí mismo, pensó en su marido. Pensó en cómo se dejó deslumbrar tan fácilmente por esa criatura que terminó derrumbando un imperio contra el que no habían podido, siquiera, poderosos empresarios que más de una vez hubieran deseado aniquilarlo y sacarlo del mercado para siempre. Pensó en cómo su hija, Celina, pudo ser partícipe del hecho sin darse cuenta cómo venía la mano, o a pesar de haber medido las consecuencias. De pronto, en esa vorágine de acusaciones tardías, se detuvo a realizar un mea culpa. Ella tampoco supuso en lo más mínimo quién era ese chico. Cuando Frías, el secretario privado, mano derecha incondicional, de Manuel Romer, la noche anterior le adelantó con buena visión que el chico comenzaba a influir peligrosamente sobre su persona; Elizabeth, celosa de su institución matrimonial, se convenció muy rápido de que podría tratarse de un hijo no reconocido. El hijo varón que no había podido darle en años de convivencia. Elizabeth descorrió la cortina y le dio su espalda al jardín, miró hacia el interior de la habitación y se sentó en un incómodo sillón de pana gris que había a su disposición. Juntó las manos como si estuviera rezando y esperó con paciencia la llegada de Romer.
El chico se le apareció, por primera vez a Romer, en un mediodía helado del invierno pasado, cuando el empresario salió a almorzar en “El Confidencial”, un restaurante caro que estaba a dos cuadras de sus oficinas. Se presentó impecablemente vestido, de riguroso saco, corbata al tono y portando un maletín negro. Se identificó después de estrecharle, con el debido respeto, su mano derecha.
-Mi nombre es Hernán Estévez, y me gustaría que me concediera una audiencia para poder comunicarle que es mi aspiración trabajar en una de sus empresas.
Manuel Romer lo miró a los ojos. Creyó que era sincero y se excusó por tener la agenda de los días siguientes repleta de compromisos ineludibles. Sin embargo, recordó que iba a almorzar solo y que, si no le incomodaba, podía compartir la mesa con él, y así aprovechar la hora libre para llevar a cabo la entrevista. El chico accedió de buena gana y bendijo la enorme suerte que le acompañaba.
Se sentaron en una mesa alejada del parloteo general. Habitualmente reservada por Romer, le permitía comer con un poco de relajación. Si bien Estévez se negó en un principio a pedir algo, debió aceptar, ante la insistencia, que le sirvieran el mismo menú ejecutivo que al anfitrión. Romer no demoró en preguntar.
-¿Sos profesional?
-En eso estoy. Curso el último año de Comunicación Social. Mi intención es no detenerme y comenzar Económicas, ni bien apruebe la última materia.
-Hmm… sos un muchacho ambicioso. Eso me gusta.
-Pienso que cuando el progreso no viene hacia uno, hay que salir a buscarlo.
-El próximo lunes te vas a presentar en el edificio “Caracol”, y vas a preguntar por Iñiguez. Para entonces, va a estar al tanto. Hace tiempo queríamos empezar a sumar gente joven en el área de Relaciones Públicas. Vos serás el primero. Llevale un currículum vitae para formalizar. Yo confío en que merecés una oportunidad, así que… buena suerte.
Antes de ese lunes, Frías había averiguado todo sobre el chico. Que tenía dos hermanos. El mayor, un médico que hacía la residencia en un hospital público. El otro, un ingeniero electrónico que había recalado en la NASA. Los tres, hijos de un matrimonio de trabajadores, estudiaron a través de becas obtenidas por notas brillantes. En cuanto a Hernán Estévez, puntualmente, estudiaba Comunicación Social y había incursionado en algunas radios y canales de televisión haciendo colaboraciones ad honórem para ganar experiencia. Esa imagen legítima de familia de luchadores sirvió para que Romer aprobara el expediente y diera luz verde a la incorporación del chico en las oficinas de Relaciones Públicas de su grupo económico.
La mañana lució espléndida. Pleno sol, temperatura muy baja y una docena de hombres y mujeres que bajaban de los taxis o venían desde la playa de estacionamiento privada, y subían con más prisa que pausa las escalinatas del edificio “Caracol”. Enfundados en sobrios abrigos, se saludaban con cuidada elegancia. En ese momento llegó Estévez, con el mismo saco con que conoció a Romer, pero rodeando su garganta con una chalina muy larga. Se detuvo un instante para observar con tranquilidad el panorama. Revisó el maletín para asegurarse que estuviera bien cerrado. No fuera que se desprendiera al subir y cumpliera con su primera desprolijidad al desparramar papeles que llevaba, obviamente, en blanco.
Antes de empujar la puerta de vidrio, Estévez percibió una fragancia que desconocía. Intuyó que se trataba de una mujer, y acertó. Era Elizabeth.
-¿Vos trabajás aquí?
-Hoy comienzo. Es mi primer día.
-Ah, por eso los pasos tímidos. Me presento, Elizabeth Arcocha, soy esposa de Manuel Romer, el presidente del grupo.
-Mucho gusto. Soy Hernán Estévez. Justo me estoy dirigiendo a la oficina de su esposo.
-Manuel vino tempranísimo, porque mañana recibe a una importante comitiva de México. Y yo, tengo que trabajar mucho para ultimar los detalles de la recepción que brindaré a sus esposas.
-¿Puedo colaborar con esos preparativos?
-Eso lo decidirá Manuel. Vamos a verlo.
Elizabeth fue muy afable. Llevó a Estévez hasta la oficina principal del edificio. Apenas se acercaron, la puerta se abrió para dejar salir a una muchacha alta, de cabello rojizo muy oscuro y una elegancia que no distaba mucho del nivel de la señora. La muchacha llevaba una carpeta rellena por algunos papeles insertos de manera descuidada. Miró a Elizabeth y con los nervios que supone altera la primera dama del grupo económico, la saludó con laconismo.
-Buenos días, señora.
-Buenos días, Lucía.
Entraron al despacho donde Romer se secaba la frente con un pañuelo y hablaba al intercomunicador de su escritorio.
-… y ordene que bajen un poco la calefacción central.
-No hace tanto calor.
-¿Te parece Elizabeth, querida? Entonces, estoy trabajando demasiado. ¿Qué tal, muchacho?
-Buen día, señor Romer. A sus órdenes.
Manuel se levantó de su sillón. Se acercó a su mujer, le tomó ambas manos y le dio un beso casi imperceptible con la boca cerrada. De pronto, se dirigió al encuentro de Estévez, a quien le tomó una mano y le palmeó el hombro.
-Bienvenido al grupo más importante del país. Espero que estés a la altura de las circunstancias. Con voluntad y tesón, lo lograrás.
Elizabeth contempló con asombro un retrato que exhibía el escritorio.
-Por fin actualizaste esta fotografía.
-Ayer me la trajo tu propia hija. Tenía algunos motivos para venir. Quería que le consiguiera cinco pasajes para irse a Bariloche con sus amigas, en nuestra compañía aérea.
-Tiene un examen en dos semanas. Y tiene razón, allí podrá estudiar más distendida, y ocupar el tiempo libre en esquiar o caminar.
-Aquí están los pasajes. Ya me comuniqué con nuestro hotel. Tiene las reservas hechas. Mañana la esperan. A sus amigas también, por supuesto.
-Pero, Manuel. Yo tengo mucho trabajo hoy…
Romer miró a Estévez, y trató de ser lo más explícito posible.
-Mirá, Estévez. Creo que estás para algo más que un simple cadete, pero la circunstancia se impone. Vas a tener que llegarte hasta mi residencia y entregarle este sobre a Celina, mi hija.
-Ningún problema, señor Romer.
Estévez anotó la dirección que le dictó Elizabeth. Los saludó con cortesía y dio unos pasos hacia la puerta. Romer le transmitió la última indicación.
-Estévez: trabajá sin apuro, todavía te falta mucho por conocer en tu nuevo trabajo. Yo sabré cuándo exigirte. Llevá los pasajes y presentate en mi escritorio por la tarde, a las quince.
-De acuerdo, señor Romer.
Estévez cerró la puerta, y una vez en el pasillo hubiera apostado su maletín a que el matrimonio Romer estaría refiriéndose a él.
-Manuel, me gusta ese muchacho. Es muy correcto y, además, creo que es un cerebro muy capaz.
-Lo traje porque, después de Frías, no volví a tener esa sensación de plena confianza hacia una persona. Estoy seguro que en nuestro grupo habrá un antes y un después de Estévez.
El chico se dirigió en colectivo al barrio donde se encontraba la residencia de los Romer. Cuando llegó, miró su maletín como el caballero andante mira y palmea a su fiel caballo antes de hacerle un comentario trascendente.
-Creo que nuestra vida va a cambiar. Si Celina es tan hermosa como la mostraba aquella foto.
La empleada abrió la puerta. Cruzó unos metros del jardín luciendo un uniforme celeste con guardas blancas. Rodeó su cuerpo con ambos brazos sin disimular el frío que sentía, y pidió disculpas porque el portero eléctrico no funcionaba.
-Ya llamé al técnico. Celina lo está esperando, señor Estévez.
Apenas entró, Estévez se encontró con una mujer en ciernes que, recostada en un sofá, cruzaba una pierna u otra en forma alternada. En ese movimiento, el vaquero que tenía puesto parecía estirarse y comprimirse según lo obligara la encantadora misión de marcar las curvas de aquella estupenda anatomía. Celina hablaba por teléfono con una de sus amigas. Cortó cuando vio que Estévez estaba parado a un costado.
-Hola. ¿Vos sos el mensajero?
-Algo así.
Celina le agradeció varias veces los pasajes a Bariloche, y le cerró un ojo buscando complicidad mientras con un dedo índice sobre los labios trataba de advertirle algo que, probablemente Estévez sabía cómo dominar. Ella le ofreció un café que preparó con sus propias manos, en una maquinita express que montaba guardia en un rincón de la sala, junto a algunos discos compactos y tres o cuatro libros que le acompañaban en sus momentos de reflexión. Abrió el compartimiento del equipo de sonido e introdujo un disco de Clapton. Cuando empezó a sonar, Estévez reflejó en su rostro el placer que lo invadía desde sus oídos hacia el resto del cuerpo.
-Me gusta el blues. Aunque no suene completo con café.
-No me agrada la cerveza a estas horas, Estévez.
-No fue un reproche, Celina.
-¿Así que te gusta? Yo fui cantante de blues.
-Uy, qué feo suena eso. Es como si lo dijera una estrella en decadencia con unos buenos años de aplauso encima.
-En serio, fui cantante de blues, por dos meses. En un bar de la costanera. Sí, había armado una banda, y nos fue muy bien. Hasta que dos idiotas se pasaron de tragos, y mal, se armó una bien grande, y cayó la policía. Papá Manuel se enteró y…
-Me imagino el final de este cuento.
Mientras hablaba fuerte la guitarra de Clapton, Celina acercó el pocillo con café bien caliente a sus labios. Siguió el ritmo de la música, golpeando acompasadamente su anillo contra la manija del pocillo. Estévez no perdió detalle de ese movimiento y saboreando el café, miró a los ojos de Celina. Ella correspondió esa mirada y coincidieron al comunicarse con el lenguaje que proponía el músico. Celina quebró el momento.
-Papá Manuel te va a nombrar su mano derecha.
-¿Cómo?
-Tarde o temprano, es lo que piensa. Ayer habló de vos en la cena, con un entusiasmo inusual. Conocí un muchacho, así y así…
-Tu padre no me conoce. Apenas nos vimos un par de veces.
-Papá Manuel no se equivoca. Seguramente, mañana te va a presentar ante los mexicanos como si fueras un empleado de años en su grupo.
-¿Y si le fallo?
-Hablemos en voz baja, Estévez. Papá Manuel sabe lo que hace. Aunque, a veces desconcierta. Está empeñado, por ejemplo, en que yo siga Ciencias Económicas.
-Te quiere trabajando a su lado.
-Lo sé. Pero cuando todo el mundo habla de recesión, a papá Manuel le llueven dólares desde cualquier punto del planeta, y eso me preocupa.
-Lo que se dice, un empresario exitoso.
-Y los mexicanos también vienen con valijas llenas de dinero. Y desean conocer sus plantaciones en Corrientes. ¿Desde cuándo la yerba mate gusta tanto en el exterior?
-Por fin, a los argentinos se nos dio una…
-Me atrae que actúes de ingenuo. Pero no te distraigas, porque yo desconfío cada vez más de papá y de sus socios.
-¿Dónde se van a reunir?
-En el hotel “Cielo Rosario”, un cinco estrellas propiedad de papá, por supuesto. Mañana a las trece. Vos me caés bien. Espero que te salga a la perfección tu trabajo. Te llamé porque me dijeron que sos un buen productor periodístico, y vas a poder aclararme muchas cosas.
Celina dejó el pocillo vacío sobre la mesita y se levantó con violencia. Cerró las ventanas, buscó su cartera y tomó un aparato electrónico con display, similar a los medidores de tensión eléctrica. Apuntó con el instrumento a cada rincón posible de la sala. Estévez sintió un nudo en la garganta y de pronto contuvo las ganas enormes de abrazarse a su maletín negro. Celina recorrió debajo de los sillones, debajo de la mesita, debajo de cuanto mueble se antepuso en su camino. El detector de micrófonos le indicó negativo. Celina se sentó a descansar un minuto, dio un soplido y guardó el instrumento en su cartera. Miró a Estévez con una sonrisa triunfante y seductora.
-Nos estábamos yendo de boca.
-Me sorprendió tu cautela. Sin embargo, la primera vez que me llamaste, lo hiciste para hablar media hora y sin pelos en la lengua.
-Tengo un sistema de seguridad en el celular, y tenía que convencerte.
-¿Pensaste en todo?
-No le perdonaré a papá que me haya quitado mi libertad de elección. Me tenés que llevar al aeropuerto.
-¿Pido un taxi?
-No. Vamos con mi coche. Pasamos a buscar a cada una de mis amigas, y después te lo dejo para que vayas al “Caracol”.
-Dame tu agenda. No sería bueno que tu viejo supiera que me llamaste hace dos semanas para darme datos que me permitieran seducirlo.
-La llevo conmigo. Podría necesitarla.
-Te agradezco que hayas confiado en mí.
-Cuidate de Frías. Al cerrar la ventana vi su coche estacionado en la esquina. Si cambian el lugar de la reunión, es porque algo escuchó. Hacé bien tu trabajo, y te voy a adorar toda la vida. Quiero saber quién es papá Manuel.
Celina salió con una valija y un bolso deportivo. Llevó el automóvil hasta la calle y le cedió el volante a Estévez. Miraron el entorno buscando el vehículo de Frías, pero ya no estaba. Partieron hacia la casa de la primera chica. Después a la segunda. Más tarde, a la tercera. Y, por fin, a la cuarta. Estévez conducía con serenidad, a velocidad media, y riendo apenas ante las bromas que hacían cada minuto las colegialas de vacaciones. Cuando llegaron al aeropuerto, en la periferia de la ciudad, se despidieron con alegría. Estévez bajó el vidrio de la ventanilla y extendió la mano. Celina se volvió y le dio un beso intenso en la boca. Estévez quedó inmóvil, y sólo cuando ella se alejaba se sintió inmensamente gratificado. Pensó que sería bueno que se repitiera la escena.
Al otro día, mientras estacionaba en la playa privada del edificio “Caracol”, Estévez recordó con nostalgia ese instante fotográfico en que Celina le pareció un volcán. El revuelo que ganaba a todas las oficinas no lo inmutó demasiado. Después de todo, su trabajo en Relaciones Públicas consistía, fundamentalmente, en no perder la calma en ningún momento. Los empleados no hacían más que hablar, con bastante histeria, de la llegada de los mexicanos. Todo el mundo trataba de recordar su papel a la perfección. Las empleadas daban sus últimos toques al maquillaje. Estévez seguía hacia su oficina. Conoció el cronograma la tarde anterior, y lo había memorizado con todos los detalles. Repasó la importancia que Romer le daba a su participación y celebró que sin admitir oposición le encomendó que guiara a los visitantes. Se habían cambiado algunos sitios. Los mexicanos venían, se reunían con Romer en la sala principal de eventos, salían a almorzar en “El Confidencial”, y por la tarde partían en un jet privado hacia Corrientes, para ver con sus propios ojos las benditas plantaciones del grupo económico.
Estévez estaba sentado en su escritorio, pensaba a Celina esquiando, caminando entre la nieve o charlando con sus amigas junto a un envidiable fueguito de leña. El timbre del intercomunicador lo despertó de ese cortometraje cerebral. La recepcionista le informó, con su acento profesional de siempre, que los mexicanos habían llegado. Estévez se ajustó la corbata, tomó su inseparable maletín y salió hacia Recepción.
Los hombres de gris esperaban. Estévez llegó. Con sonrisa medida le tendió la mano a cada uno de ellos y no confundió ningún apellido al momento de saludar. Los dirigió al salón de eventos especiales y los acomodó alrededor de la mesa, de acurdo a lo indicado por la señora Elizabeth. Dejó su maletín sobre una ménsula rinconera, ubicado estratégicamente para que no molestara. Hizo pasar al servicio para que distribuyera café y agua a cada uno de los invitados. Y, por fin, hizo pasar a Romer, que esperaba pacientemente en la salita contigua, acompañado por Frías. Romer saludó con discreta cortesía a cada uno y, luego, casi al oído le pidió a Estévez que se retire por quince minutos. El chico miró a Frías que le hizo un gesto ganador.
A Estévez, los quince minutos se le ocurrieron quince años. Cuando Romer abrió la puerta, lo llamó. Lo primero que hizo al ingresar en el salón, fue asegurarse de que su maletín estaba perfectamente en su lugar, y que no había sido tocado por nadie. Romer le ordenó que llevara a los mexicanos hasta “El Confidencial”, mientras él iba a su despacho a confirmar una papelería. En ese momento, llegó Elizabeth proponiendo recorrer el edificio para mostrar con orgullo los últimos adelantos tecnológicos. Estévez aprovechó para excusarse veinte minutos, el tiempo de la recorrida, para organizar un material en su oficina. Aquel asomo de descoordinación molestó un poco a Romer, pero ante el entusiasmo demostrado por los mexicanos lo tomó con formal simpatía, y aceptó las propuestas.
Ni bien los visitantes partieron detrás de Elizabeth, Estévez se apoderó del maletín. Corrió a su oficina, cerró con llave la puerta, se desplomó detrás del escritorio y encendió el aparato de video. Allí estaban las caras de los mexicanos, ya no tan cordiales como en el pasillo, exponiéndole su discurso de negocio a Romer. Estévez vio y escuchó todo lo que le interesaba. Tomó su celular y se contactó con Celina, a quien ya estaba extrañando. Habló un par de minutos y salió con su maletín hacia “El Confidencial”.
Elizabeth ya se había encargado de todo lo inherente al almuerzo. Las esposas de los mexicanos conversaban de manera animada en una mesa. En otra, los hombres esperaban en silencio. Elizabeth se ubicó con las mujeres cuando comenzaron a servir. Romer apareció algo nervioso. Apenas vio a Estévez, que recién llegaba, se le acercó y le murmuró una queja por fallas en la organización. Frías, que estaba haciendo guardia en la puerta del restaurante, se acercó a la mesa y se sentó a la derecha de Romer, a quien le habló al oído sin parar un segundo.
Estévez se ubicó en la barra y dejó el maletín en el piso. Miró su reloj. Se dio cuenta que Frías lo observaba con desencanto, y pidió una gaseosa como para avanzar esa imagen congelada. Bebió con lentitud. Volvió a ojear su reloj y pensó en Celina. Sonrió con malicia cuando vio el ingreso de la columna de agentes de Narcotráfico que, en dos segundos y armados hasta los dientes, rodearon las mesas principales. Celina los había llamado desde Bariloche y Elizabeth se aterraba sin sospecharlo. Algunas mujeres gritaron espantadas. Los mexicanos se levantaron de sus sillas ofendidos y fingiendo no entender nada. Romer miró a Frías con bronca por la situación. Frías le señaló a Estévez cuando el jefe de la brigada le estaba arrebatando el maletín que contenía la videocámara oculta. Subieron a todos, a punta de armas largas, a una caravana de coches oficiales que esperaban en la puerta del restaurante “El Confidencial”. Los trasladaron a Jefatura de Policía.
Manuel Romer pidió hacer un llamado telefónico alegando sus derechos. No era para convocar a su equipo de abogados. Con el tubo en la mano, y en voz baja, Romer pidió que se encarguen de Estévez, y aclaró con dolor que no lastimaran a su hija Celina. Cuando cortó, salió de la sala y se enfrentó con Elizabeth, que parecía rezar. La miró a los ojos, casi con ternura, y con un fraseo entrecortado le dijo:
-Acá hay una confusión, querida.
|
| |
PUNTOS DE VISTA
Desde el principio comprendí perfectamente que era un gran riesgo. Podría haber perdido el trabajo y algo más. Pero no podía negarme, por una cuestión visceral, a involucrarme en una aventura que me alejaba un poco de mi opaca rutina. Por la mañana, rogaba que mi paquete no incluyera más de ciento cincuenta destinatarios. Así podría apurarme lo suficiente hasta el mediodía, tomarme un par de horas con Ella y después entregar el resto de la correspondencia. Hasta las cuatro. Con lo que regresaba a casita para echarme una siesta de una hora y después saborear unos mates antes de ir a buscar a los chicos a la escuela. Lo que los ponía muy felices porque tenían doble turno y recién me veían por la tarde.
Mi paso era apresurado, desde luego. Al grito de ¡Correo! le seguía una firma del receptor en la planilla y la ansiedad que crecía a pasos agigantados. Algún compañero me sugirió tirar los impresos de propaganda, con lo que ahorraría unas cuarenta o cincuenta entregas, pero... la verdad, ésto es como un sacerdocio. O al menos, hay que cuidar el puesto.
Sobre el mediodía, con algo de sudor de verano, avistaba a la vecina que, invariablemente, despedía al hijo, un adefesio corpulento, que con seguridad iba a la secundaria. Esta mujer, se quedaba, en mal disimulada pose, esperando que yo entrara en la casa sin tocar el timbre, como venía ocurriendo desde hacía tiempo.
Adentro. Ella. Ya no hacían falta contraseñas, ni cuidados extremos. Cuando comenzó este tipo de relación, aunque atractiva, su figura aún resaltaba el temor de sus entrañas hacia lo desconocido. Luego, día tras día, mes a mes, fue ganando en audacia y terminó exhibiendo aires de mujer de aquellas que le vuela la cabeza al más sobrio. Me recibía con la mesa limpia, austera, pero siempre jerarquizada por alguna flor y una botella de selecto vino fino acompañando el buen almuerzo. Pero antes, el encuentro. A veces, entre impresos publicitarios desparramados, revistas de suscripción e intimaciones de pago de facturas atrasadas de la compañía de teléfonos. Buena música de fondo. Como indiscutidos treintañeros que éramos, aunque muchas veces escuchábamos otros, nuestro tema preferido era Seminare, de Serú Girán. Y el roce de las piernas, y las caricias contra la pared, y el beso interminable recorriendo algún camino sensible, y la imposibilidad, en nuestras mentes, de que fuéramos interrumpidos... hasta ese día. Y la amplia posibilidad en nuestros cuerpos de jugar al juego que tenía a Eros como árbitro inapelable. Hasta ese día. Cuando el diccionario de los amantes anónimos me iba explicando, de a poco, palabras como escote, falda, pierna, curva, contracurva, olor, sabor, calor... se abrió la puerta. Y tuve que meter los papeles en la cartera velozmente, ponerme la camisa mientras la puerta se movía con lentitud, y abrocharme el cinturón, y ajustarme la corbata...
Y hubiera querido que me tragara la tierra, ese día. Ni él, ni yo sospechamos que podía ocurrir. Porque estábamos ciegos. Porque la posibilidad estaba latente. Pero yo no me daba cuenta, o no quería darme cuenta. Y una vez que no quedaba nadie en casa, me iba hasta la granja de la otra cuadra, y elegía lo imprescindible para preparar alguna exquisitez. En el camino, al pasar por el jardín más vistoso del barrio, cortaba una rosa para que presidiera esa mesa, además del buen vino y otras cosas. La música era lo de menos, porque siempre tuve discos y casetes, y como loca de las canciones lentas que soy contaba con el material apropiado. Pero la mesa era una excusa, una atención complementaria, porque en rigor de verdad, el asunto estaba en la cama, esa cama infinita donde duermo todas las noches con pocas esperanzas de disfrutarla, y a la que recurren al despertar de una pesadilla los chicos. O en la alfombra del living que, a veces, fue testigo de nuestra brutal relación.
A media mañana, me iba a lo de mi mejor amiga que, a pesar de ser una notable peluquera, era discreta en sus comentarios, y me daba unos retoques para contribuir al juego.
Más tarde, la ropa. Aunque no tenía mucha, me las ingeniaba para que las diferentes combinaciones supieran disimular la falta de material textil.
Y así, el mediodía. Yo lo veía llegar, a través del ventanal. Siempre pulcro y elegante, potro, dirían las quinceañeras de hoy, y oliendo increíblemente a esos finos desodorantes "pour homme" que venden por estos días. La corbata prolija, al viento en ocasiones, y su certera pero inadvertida entrada, hasta mi lado, donde un ínfimo roce era el detonante para todo lo demás. Y el enorme e inacabable juego de la seducción. Yo hablando en un susurro y mirándole a los ojos mientras mis manos buscaban las suyas. Y el vuelo que alcanzaba ese momento... hasta ese día...
Ese día volví más temprano a casa. Hubo un paro sorpresivo de docentes y la mamá de una compañera me trajo. Porque dicen que es peligroso que una nena de siete ande sola por la calle, aunque sea de día. Y me puse refeliz porque la encontré a mamá vestida de fiesta. Y también estaba papá. Me sentó en el sofá y me hizo prometer que no le diría a nadie que lo vi a esa hora en casa, porque tiene que repartir cartas, y hace poco que consiguió ese trabajo. Y si se entera su jefe lo va a retar, y todos necesitamos que trabaje... Yo le prometí que no le diría a nadie, pero siempre que sigan dejándome dormir a la noche con ellos, porque desde hace mucho las pesadillas me dan bastante miedo.
|
|
|
| |
HACÍA MILLONES DE AÑOS
Hacía millones de años que deambulábamos por esa comarca paradisíaca. Aquello era la eternidad y sólo había que morir para conseguirla. Cuando llegamos, no conocíamos a nadie. El sitio estaba repleto de árboles vistosos que provocaban una primavera todos los días. Aunque lo de “día” era arbitrario, porque el sol no se ponía nunca. Al menos, eso parecía ocurrir, porque cuando los apóstoles de túnica blanca nos guiaban en el paisaje, el sol estaba a pleno. Cuando los mismos apóstoles de túnica blanca nos acompañaban hacia las tinieblas, el sol seguía en su lugar. Tampoco podría explicar racionalmente por qué hacía millones de años que estábamos allí, pero lo estábamos. Había momentos en que descubríamos algunos cambios y eso demostraba, de alguna manera, el paso de lo que llamábamos tiempo. Por ejemplo, cuando arribó Donhéc, a quien habíamos dejado en la Tierra y, siempre pensé, se había ligado tanto a nuestros afectos que, no pudiendo soportar nuestra ausencia, decidió partir. Nunca nos dijo nada al respecto. Sólo nos aclaró que seguía buscando una salida, como venía haciéndolo en la Tierra.
Enseguida nos aburrimos. Al principio, andábamos en silencio buscando, entre las tribus que ya estaban formadas, algo o alguien que nos diera una respuesta. Cada tribu se congregaba en torno a una figura que, seguramente, ejercía algún tipo de liderazgo. Y más allá de las tribus se erigían ante nuestros ojos, grupos o individuos que erraban, como nosotros, y nos observaban sin hablar, casi implorando una salvación. La ansiedad devoraba a Jane que quería saber si estábamos en el cielo o en el infierno. Desde nuestro rol, no podríamos saberlo nunca.
Lo cierto es que nuestra situación cambió drásticamente cuando llegó Donhéc. Su aparición en la Tierra había sido igual. Siempre abrigado en su buzo de frisa gris que alcanzaba a sus rodillas, un pantalón muy cómodo también gris, y un par de alpargatas desteñidas conformaban su opaco atuendo, eclipsado por su brillante barba blanca y su cuidada melena, larga para su edad, si es que hay alguna edad para llevar melena. Estábamos sentados en círculo, pensando quién sabe en qué cosa, cuando Donhéc gritó que por fin nos había encontrado. Me abrazó y no cesó de reír y de preguntarme cómo estaba. A ellos los saludó tibiamente, como si recién los frecuentara. Sospeché que era la consecuencia de las discusiones que tenían en la Tierra. De todas maneras, lo pusimos al tan-to de nuestro presente y se ofreció sin reparos a darnos una mano.
Donhéc nos puso en contacto con los primeros seres que nos escucharon. Pudimos contar la historia de nuestras vidas a quien quisiera oírnos. Y oímos las historias de otras vidas que nos contaron. Y así, transcurrieron otros millones de años. Había que oír a Octavio que, con fervor, repetía cada adjetivo, cada frase, cada párrafo, en un orden inalterable, como si los tuviera escrito en un papel. Como si fuese un actor representando una obra al dedillo, por enésima vez. Se sentaba apoyando su espalda en un arce de casi cuarenta metros de alto, si se podía hablar de medida en ese lugar. Miraba a la gente que le rodeaba, que es-peraba oír una historia maravillosa sobre cómo nos conocimos en la Tierra, y se apasionaba. Porque a Octavio le quitaba el sueño que no le escucharan, o que no le leyeran. Toda su vida estuvo sostenida por la idea,quizás un tanto desproporcionada, de creer que nació y creció para escribir historias y para ganarse a miles de lectores. O de alumnos. Uno, de tanto escucharlo, algo aprendía del arte de narrar. Sabíamos que contaba con un block sin horizonte en el que plasmaba sus creaciones, algunas de las cuales iban a parar a las emancipadas páginas de revistas literarias alternativas. Octavio solía recordar,desde siempre,que todo comenzó aquella mañana de lunes, del año 2000 del calendario que conocimos.
Todos habíamos sido rechazados por los selectores de personal de aquella oscura fábrica de calefactores. Un aviso en el diario nos había convocado. Cada uno, con un interés particular, concurrió al llamado. La cola era extensa y, cuando yo llegué, Octavio y Alberto eran los últimos. Conversaban con buen ánimo, se pasaban cigarrillos, y comenzamos a conocernos cuando apareció un empleado repartiendo formularios que debíamos completar con nuestros datos personales y antecedentes. Ellos jamás habían llenado uno. Cuando vieron que mi birome se desplazaba a gran velocidad, como si conociera de memoria la metodología, me consultaron sobre la manera de completarlo. Yo trabajé durante diecisiete años con el viejo Stocco, en su carpintería. Fue mi primer trabajo; y el único. Pero podía escribir sobre todos los espacios en blanco disponibles. Algo tenía claro: era carpintero. Y hubiera seguido siéndolo si no fuera por la caída industrial de los noventa. Nunca había visto llorar a nadie, tan sinceramente, como lo hizo el viejo Stocco cuando tuvo que bajar las persianas del galpón por última vez. No fue él solo quien lloró. Amalia, mi mujer, y mis dos hijas, también. Eran tiempos difíciles para conseguir trabajo de inmediato. Octavio y Alberto tenían conocimiento de ello, pero excedían un optimismo que los hacía intercambiar proyectos, en principio delirantes, que acababan por hacerme reír.
Alberto fumaba un cigarrillo tras otro del paquete que le había regalado Octavio, quien como deseaba abandonar el hábito y sólo tenía para gastar en uno cada veinticuatro horas, tal acto de generosidad le conminaba a reducir el vicio. Su rostro de niño travieso aparecía refulgente en cuanto se evaporaba hacia los cielos el humo que exhalaba de su pequeña boca. Mientras repetía esta operación, Alberto contó que se había ido a Estados Unidos a estudiar cine con parte del dinero que había robado en un banco con casa matriz en el extranjero. Dijo que el resto del botín quedó escondido en un sitio al que sólo él tenía acceso, y que necesitaba un trabajo temporario para justificar el dinero que iba a gastar en su primer largometraje.
Octavio se sumó con celeridad al emprendimiento acotando que podría aportar eficazmente como guionista. Explicó que, de todas maneras, necesitaba un trabajo que le permitiera hacer a un costado unos pesos para publicar su primera novela que ya había sido rechazada, injustamente, por diversas editoriales de Argentina, México y España.
Estaban en eso de confesarse, con desmesurado entusiasmo, sus sueños e ilusiones, cuando alguien señaló la interesante llegada de Jane. Poseía un aspecto deliberadamente cuidado y una mirada tan insoportable como serena. Jane era muy joven y, además, lo parecía. Cuando se detuvo junto a Octavio, no
dejó de mirarle a los ojos hasta la molestia. A Alberto le perturbó esa actitud y le despertó celos precoces. Octavio llegó a imaginar que Alberto pensaba que se había ganado a Jane a fuerza de silencio. Ella le hablaba sólo a Octavio y éste, profundamente impactado, respondía con parquedad. Jane le preguntaba con calidez, cómo le iba y esas cosas aparentemente triviales. Octavio bajaba la mirada de vez en cuando, como un chico con temor. Levantaba los ojos hasta encontrarse con los de ella, bien grandes y oscuros, y creía haber perdido todas las respuestas. Cuando Jane extraviaba su mirada hacia el cielo, se apoyaba contra la pared como buscando un hombro protector, su cara vislumbraba alguna mueca descolocada, su pelo le cruzaba con sensualidad la nariz, empujado por la brisa helada, y Octavio… se incomodaba al tiempo que sobrevenían algunos fantasmas de su pasado tan ligero y amargo. Nunca supimos con exactitud, y tal vez no teníamos por qué saberlo, cuál fue el motivo del divorcio entre Jane y Octavio, ocurrido mucho antes de aquel reencuentro.
Con los pocos pesos que teníamos en los bolsillos, cruzamos a un precario comedor que funcionaba frente a la fábrica. Pedimos unos panchos con salchichas bien calientes y algún vino que nos agradara a todos. Tratábamos de acercar nuestras ideas para encarar un trabajo en conjunto, a manera de cooperativa, cuando Donhéc se paró junto a nuestra mesa. Dijo que no tenía con quién comer y, antes de acercarse a la persona que atendía en el mostrador, nos aclaró que conocía la forma de que pudiéramos salir adelante, como si supiera de antemano de qué estábamos hablando.
Donhéc, que había visto la clase de comida que teníamos sobre la mesa, pidió lo mismo. Se sentó junto a Jane, luego de pedirle permiso con fina cortesía, y nos exigió un repaso de cada uno de los proyectos individuales. Antes de pegarle el primer mordisco a su bocado expuso la idea del cine ambulante y a la gorra. Donhéc inspiró tanta confianza en nosotros que fuimos aceptando de a poco lo que proponía.
Por ende, millones de años más tarde, oíamos con interés el postulado de Donhéc referido al hallazgo de una salida que nos permitiera vivir como antaño, con los pies sobre la Tierra y la cabeza en tantas cosas; trabajo, recreación, amor sexo, respiración, fuerza, debilidad, todo lo que conocíamos con el sencillo nombre de: vida. Entonces, Donhéc aparecía y desaparecía constantemente, provocando cambios que nos dejaban notar la ilusión del paso del tiempo que, probablemente, estaba muerto. Una vez, me dijo que estaba cerca de encontrar esa salida de la que tanto hablaba, pero le pedí que me diera la posibilidad de ver a mi mujer y a mis dos hijas. Le imploré que esa salida fuera más parecida a lo que yo imaginaba como resurrección, para volver al mismo lugar, con los míos; no, lo que yo imaginaba como reencarnación, para volver en forma de animal o de vegetal: prefería quedarme en aquel lugar. Así que, luego de estos ruegos a Donhéc, nos resignamos a su éxodo periódico y pasamos otros millones de años contándole a la otra gente cómo fuimos a parar allí.
Cuando Alberto vino con una camioneta, sospechamos que había hecho uso del dinero que, según él mismo, hurtó antes de irse a Norteamérica. Dijo que debíamos equiparla con una pantalla gigante rebatible, un proyector de cine de 35 milímetros y algunas copias para exhibir en los pueblos donde existía gente que nunca había visto películas proyectadas en la pared. Aclaró que iba a necesitar una promotora (señaló a Jane), una persona que le escriba los volantes con los anuncios (señaló a Octavio), y un carpintero que se encargue del mantenimiento de las sillas desplegables y otros mobiliarios en los que la madera jugaba un papel preponderante. Ante la falta de aceptación, percibiendo en el aire un clima enrarecido, Alberto nos confió que el robo al banco lo hizo alquilando una casa lindera que, boquete mediante, lo conducía a las cajas de seguridad donde algunos funcionarios resguardaban fortunas mal habidas de coimas diversas. No sé si llegamos a creerle, pero el argumento amortiguó el efecto y nos empujó a colaborar con él. Y, por si hacía falta algo más, prometió incluirnos en su primer largometraje; lo que deslumbró a Jane, quien siempre soñó con ser actriz y ya se había acostumbrado a su seudónimo como si fuera su nombre de nacimiento.
A la gente de aquel lugar arbolado le fascinaba escuchar que habíamos recorrido todos los pueblos del noroeste argentino pasando cintas que despertaban nobles sentimientos y que nos dejaban en la gorra más monedas que las que esperábamos. Donhéc no se equivocó y con ese dinero comimos, mantuvimos el vehículo, y yo pude enviarle unos billetes a mis amadas mujeres. Tanto les seducía ese episodio como les entristecía, aunque no llegaban jamás a derramar una lágrima, saber cómo fue el accidente.
Aquella noche, comimos un exquisito asado completo, y bebimos todos, incluido Alberto que debía conducir la camioneta. Creímos haber descansado lo suficiente, y nos dirigimos a la ruta. Fue en una curva, en plena oscuridad. Alberto vio al pobre animal cuando lo tuvo encima. Lo esquivó por impulso y el vehículo comenzó su alocada carrera de vuelcos que no tenía fin. Fuimos despedidos por los aires hasta quedar desparramados unos a metros de los otros. Mis ojos se iban acostumbrando a la luz de la luna. No podía moverme, pero veía todo. Alberto, inerme, yacía con un brazo apoyado en el destruido proyector. Octavio escupía sangre y emitía algunos gemidos. Jane, la pobre de Jane, con su dulce rostro abatido, se arrastraba hasta alcanzar el cuerpo de Octavio. Se sentó lentamente, y le llevó dos horas, tres, cuatro, no sé, poner a Octavio sobre sus las-timadas piernas. Lloró incansablemente cuando él dejó de respirar. Lloró hasta que me dormí. Aún cuando desperté me pareció seguir oyéndola. Era sólo aturdimiento. Yo seguía sin moverme, pero lo veía todo. Lo vi a Donhéc, con un médico, al pie de mi cama. Supe que estaba en terapia intensiva desde hacía mucho tiempo. Supe que Jane escapó del hospital en malas condiciones y sufrió un paro cardíaco. Supe que mi cuerpo estaba en coma irreversible, que el médico decía: es difícil que se salve; si lo hace, no quedará bien. Los oía, pero ellos no. Los veía, pero ellos no. Y jamás pude calcular cuánto tiempo pasó hasta que aparecí en este lugar, paraíso o infierno, gran pregunta de Jane.
Hacía millones de años que hacían millones de dudas. Dónde estábamos si mis amadas chicas no aparecían para contarme cómo fue el resto de sus vidas. Y entre millones de años, una noche. Una sola noche, en que surgió la presencia de Donhéc. Dijo que encontró un túnel por donde volver a la vida en el pla-neta Tierra. Mencionó que hubo una serie de movimientos naturales, que ya no existían animales gigantescos, que aunque podíamos soñar que éramos monos, Íbamos a entrar en esa Tierra para empezar todo de nuevo. Le dije a Donhéc que no deseaba irme sin saber de Dios. Donhéc había transitado mucho; debía saber algo. Me respondió que algunos afirmaban que aparecerá el día del Juicio Final, pero que otros sostenían que no se mostraba porque sentía vergüenza de nosotros. Era hora, Donhéc, de que encontraras una salida.
Pasó esa única noche y prosiguió el día, como los otros millones de días y de años. Cuando mi ansiedad se había extinguido por efecto de las palabras de Donhéc, pude reencontrar a Amalia y a mis nenas, que habían crecido al punto de convertirse en mujeres. Y, fue extraño, volví a sentir emoción. Volví a experimentar aquello que añorábamos con Jane, Octavio y Alberto: la vida. Volví a sentir un abrazo, un beso, el amor. Me contuve, para pensar si era una trampa de Donhéc. Pero, ¿por qué trampa? Si Donhéc siempre cumplió lo que dijo. Si Donhéc buscó hasta conseguir. Si Donhéc anunció que halló la salida de la que tanto hablaba y ahora estaban conmigo mis chicas, ¿por qué temer? Les pregunté qué había sido de ellas, todo este tiempo sin tiempo. Me respondieron que no importaba demasiado. Les comenté que aunque estuve acompañado por Jane y los muchachos, las había extrañado, y me había angustiado no tenerlas. Las miré en silencio largos minutos. ¿Cuánto hacía que no hablaba de minutos? El sol atravesaba los árboles y conseguía que sus ojos pudieran brillar más. Nos tomamos de las manos un instante que fue interrumpido cuando se detuvo frente a nosotros uno de los apóstoles de túnica blanca. Me miró y señaló un portón con rejas negras que se levantaba en el fondo del camino. Dijo: ahí está la salida, Ignacio; no más electroshock, ahora tiene que volver a vivir.
|
|
|
| |
|
|
|
|
|