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CORRER DE LA MANO
¿Cuántas veces hemos soñado este momento? Correr de la mano por los jardines, de madrugada, saltando cadáveres hinchados. Por la calle Santa Fe nos alejamos de lo que algunos llaman el manicomio porque sabemos que nos persiguen. Veo en tus negros ojos el miedo a que nos atrapen. El semáforo de Cafferata detiene al colectivo para que subamos y suframos durante los diez segundos que faltan para que se ponga en verde. El chofer es bueno; no llevamos un peso encima y no nos cobra el boleto. Nos sentamos y acaricio tu pelo, pegajoso y desprolijo, para que te tranquilices. El chofer fue bueno te digo, por decir algo nomás. Cuadras más adelante, la ambulancia se pega al colectivo. Uno de sus tripulantes hace una seña y comenzamos a detenernos. El chofer cierra todas las puertas; yo me levanto y lo golpeo con todas mis fuerzas y trato de abrir desesperadamente una de ellas. Cuando bajamos, corremos hacia el Cruce Alberdi con la ambulancia detrás, intentando aterrorizarnos con su perturbadora sirena. Pasa un tren carguero, despacio, y se me ocurre que tenés que salvarte. Te doy un beso, rápido, casi sin goce. El guarda del furgón es bueno, te ayuda a subir. A mí­, me atrapan y me duermen. Y en el sueño, provocado por ellos, es como si hubieran pasado muchas horas y es como si oyera tu voz, agonizante, pedir socorro. Y me digo que nunca soñamos este momento; y me pregunto si tenía razón, o no el Pituco cuando decí­a que oyó por ahí que nos querí­an arrancar los ojos para venderlos.



  LA NOCHE DEL DISPARO PRECISO Y FUGAZ
Sabía con certeza que el arma que llevaba preparada en el bolsillo, desde hací­a unos días, le depararí­a una satisfacción enorme. Siguió a quien lo había humillado una vez gratuitamente, pero no para estrellarse en un duelo vulgar y estúpido, si no para acometer una venganza feroz, inclaudicable y definitiva. Trató de encontrarle la vuelta para no pagar las consecuencias, que en estos casos suele ser de altísimo precio. La meta era no terminar diluido en los medios de comunicación, ante una horda de periodistas sedientos de morbo y mediciones de audiencia. No padecer otras degradaciones en estrados judiciales, inmerso en una maraña de alegatos jurisprudentes que sólo condujeran a su castigo. No abdicar la vida, recluido en una triste celda de escasas dimensiones. Y ganar la primera plana en los diarios serios, gracias a la colaboración de su amigo, un idealista a ultranza que le proporcionó el instrumento.
Jamás creyó que se encontraría de cara a esa oportunidad única, grandiosa e irreversible. Hasta que obtuvo las infidencias de la secretaria privada, que embistió con despecho y a lengua viva contra las actividades nocturnas de su jefe. Si bien circulaba, con sigilo, una serie de rumores al respecto, todo acababa en opiniones teñidas de subjetividad, y sin evidencias. Quienes lo odiaban aducí­an que los dichos eran absolutamente ciertos. Quienes le mantení­an un respeto distante, pero respeto al fin, manifestaban su escepticismo. Dado lo cual su prestigio se sostenía en el beneficio de la duda. Y el hombre, no se sabí­a cómo, pugnaba por defenderse sin conocer en lo más mí­nimo la existencia de tales comentarios. Con el tiempo, la situación se fue extendiendo hasta llegar a involucrar a la esposa de su socio y amigo de toda la vida. Y así, la fábula fue adquiriendo categorí­a de secreto a voces. Hasta que, quién si no, la secretaria privada confirmó los hechos. Dijo que, en una de sus incursiones al motel de la periferia de la ciudad, en compañía del imputado, el conserje de turno la confundió con otra mujer. Error que le permitió deducir que no era su única amante,palabra que ya de entrada le provocaba alguna repulsión. A partir de ese momento, y aunque flotaban los ecos con las explicaciones pertinentes del hombre, con sus efectos residuales, investigó, recogió las necesarias evidencias y habló.
El arma permanecí­a bien oculta. Ya tenía los datos, con fecha y hora. Sólo dominaba la paciencia. Y cuando la pareja se dispuso a caminar unos metros hasta el estacionamiento, la siguió con su ojo pegado a la mira. El tapial le dio un incondicional apoyo. Cuando los rostros quedaron en posición, disparó sin vacilar. De inmediato pegó el salto, y en segundos estuvo dentro del coche de su amigo. Se estrecharon brevemente las manos y partieron con velocidad hacia la redacción. Rieron con extensas carcajadas y adivinaron a gritos qué cara iba a poner el hombre, con la mujer de su socio, recién detenido por narcotráfico, cuando viera la fotografí­a en la tapa del diario más importante del paí­s.

MIS HIJOS EN JUNIO
Hace varios días que estoy muerto, y que busco a mis hijos por toda la ciudad. Son las nueve de la noche, creo, porque vi el, casi siempre inexacto, reloj de la peatonal. Me es difícil aceptar que se puede ver sin sentir, pensar sin sentir, andar sin sentir; cuando el cansancio que me dominaba al volver de la fábrica y del trabajo de mozo en el bar, me hacían palpar la necesidad de besar a los chicos, inventar algún juego breve con ellos y buscar la cama para tener tregua, mirar el techo y recordar a María cuando hablaba del futuro de ellos y de nosotros.
Marí­a murió hace años, pero aún no la encontré. Tal vez me engañaron. Tal vez entendí mal. O no fui a ese lugar. Y recorro la ciudad sin sentir los golpes de la vida, pero con memoria.
Camino por la Pinasco. Alguna gente se molesta porque el viento le acerca una gélida noche, propia de estos tercos días de junio. Ocupo uno de los pocos bancos que quedan libres y apunto deliberadamente mis ojos hacia la calle San Martín, porque a mis espaldas hay una pareja consustanciada con sus ejercicios amorosos y tal vez moleste que me ponga a observar como un tonto... ¡Caramba! ¿No me acostumbraré nunca a que no me vean?
Opto por los chicos. Se parecen a Jazmina y a Valerio. Son, por fin, Jazmina y Valerio. Ella, pequeñita como siempre, luce una angosta vincha verde en la cabeza y una campera azul comprada hace tiempo, vaqueros y zapatillas también en las mismas condiciones de uso. Él, más grandecito, saco marrón y vaqueros deshilachados que tocan un par de viejos zapatos con sus bordes. Entre ellos, dos bolsitas de nailon llenas de algo que puede ser la manzana que él saca y muestra con entusiasmo. Ella dice "cómo demora", él contesta "no importa, está deliciosa y tengo tiempo de comerla". Detrás, el mordiscón.
Él mira hacia este lado y le dice algo a ella porque se da vuelta y sonríe. Ella le pasa una mano por la cabeza y se rí­en de buena gana. Me digo que son dos soles rodeados por millones de planetas que giran a su alrededor. Planetas de saco y corbata. Planetas de abrigos de lana. Planetas de sombrero. Planetas de impermeable (porque esta tarde llovió). Algún travieso cometa surca ese cielo, con el coraje que implica andar en mangas de camisa. Los planetas giran cada vez más rápido, en busca de alguna cálida galaxia para refugiarse. No valoran la existencia de esos soles. Les son indiferentes. Probablemente, cuando se apaguen podrán darse cuenta de que falta algo en el universo de la Pinasco.
Ella se para y corre unos metros hasta alcanzar al hombre de gamulán que trae la caja de cartón y la abre al lado del banco. Saca unos ramitos de flores artificiales y los reparte equitativamente. Les da instrucciones que no alcanzo a escuchar. Con las últimas señas se bifurcan. Él, hacia San Juan. Ella hacia San Luis.
Me quedo sentado. Comienzo a sentir frí­o y quiero creer que todo esto es un sueño.