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Para nada confidencial
Mario Rosso se levantó de la cama, con la certera decisión de volver a Ludueña, su barrio de siempre. Atravesó los patios y el jardín del instituto psiquiátrico sin importarle demasiado que lo vieran. Escapó de quienes lo querían atrapar para toda la eternidad y anduvo por las calles de la ciudad, trazando un recorrido incierto, con la obvia intención de despistar a sus perseguidores. Por fin, se refugió en la casa de su infancia, la que también perteneció a su abuelo y que amplió con sus propias manos su padre. Estaba ubicada en el pasaje Rafaela, frente a la plazoleta de la vieja estación de trenes. Eran las seis de la tarde del 18 de diciembre de 1995, y hacía un calor insoportable.
A esa casa, de ladrillos a la vista por falta de revoque, le habían forzado la puerta de entrada. Mario prefirió creer en el paso del tiempo, que es quien lo afloja todo, o en los chicos de la cuadra que en su afán de buscar aventuras pudieron haber ingresado en una tarde cualquiera. Entró casi sin cautela. Una bocanada de aire húmedo, propia del encierro, le cacheteó el rostro. Revisó las habitaciones y volvió a lo que fuera el comedor, para instalarse allí.
La memoria, a veces, se emparenta con los objetos, y Mario no pudo evitar caer en ese lugar común. Recordó de inmediato la posición de los muñequitos en la repisa del rincón. Muñequitos que venían en la parte hueca de unos chocolates con nombre inglés. Muñequitos que adoptaban la postura de héroe o de villano, de acuerdo al antojo del momento de Mario, en esas tardes de melancolía y soledad, antes de sentarse frente al televisor, a la hora de la leche con cacao en polvo. Recorrió con la vista, en cámara lenta, cada cara, cada vestimenta, cada color de los muñequitos, y se vio abrumado dulcemente por la imágenes de aquel largometraje de dibujos animados que lo hizo llorar tanto, allá por los setenta.
-Todo está como siempre.
Pensó que toda la casa permanecía incólume. Hubiera deseado recorrer los dormitorios, descubrir las ropas, las fotos manchadas por el tiempo, el galponcito del abuelo donde atesoraba sus palas, martillos, plomadas, destornilladores y pinzas. Sin embargo no había demasiado tiempo. Trabó todas las puertas y sólo dejó disponible para salir o entrar o espiar, si fuera necesario, la abertura que daba al frente y el ventanal del costado como salida de emergencia.
Mario se detuvo frente al espejo del comedor, una reliquia biselada a mano que su abuelo se jactaba de haber conseguido a cambio de la construcción de un tapial en la casa de un vidriero. Se vio grande y no lo pudo creer. Cuando esquivó a su propia imagen, mirando hacia la izquierda, notó que el picaporte de la puerta se movía. No tenía un arma. De todas maneras hubiera sido inútil, porque no sabía pelear. Recordó ese aspecto de su personalidad cuando la puerta comenzaba a deslizarse hacia adentro. Vio asomarse una mano y en el momento en que el caro reloj suizo dejó verse, esbozó una sonrisa cansada.
Era Ernesto, aflojándose la corbata, agobiado por la transpiración y cerrando la puerta con cuidado mientras miraba hacia afuera, como si alguien lo hubiera seguido hasta allí. Comenzó a increpar a Mario por la nota publicada en la revista.
-Hiciste algunos viajes, conociste mucha gente, te diste unos gustos bárbaros... pero esto es demasiado, che. Ese tipo es peligroso de verdad. Y poderoso. Todos le temen, y vos lo acusás de haber mandado a matar a su propio hijo.
-Hay testimonios irrefutables.
-¡Hacete el boludo! O vos creés que no sabemos nada. En nuestro estudio contable llevamos algunas cuentas del tipo. ¿Me escuchaste alguna vez hablar de cuentas abiertas en Suiza, Nueva York y las Islas Caimán? ¿Me escuchaste decir que esas cuentas no tienen dinero limpio?
-No, vos no sos ningún boludo.
-Claro, el periodista independiente Mario Rosso tampoco. Él investiga, chequea información, graba, desgraba, escribe y escribe en noches de insomnio, habla por teléfono con varios jefes de redacción, hasta que... la revista... ni quiero acordarme del nombre, porque me pongo a llorar. ¡La revista que lee todo el mundo! Y la denuncia del año, título en tapa, varias páginas, y debajo, ¿la firma de quién? Del boludo rubricando su propia sentencia de muerte.
-Qué retórica, Ernesto. Vos podrías haber sido periodista.
-De hecho, tengo columnas en algunos medios financieros. Pero paso desapercibido porque no hago boludeces como vos.
-Decime una cosa, ¿vos tenés alquilada la palabra boludo? Bajemos los decibeles, estoy refugiado y no me gustaría...
-Ahhhh... no te gustaría... Ahora no te gustaría.
Ernesto se quitó el saco, se sentó, sostuvo su cabeza con ambas manos y respiró hondo antes de proseguir.
-En el estudio sabemos todo, Mario. No te llevaron al psiquiátrico por error. Te iban a tener un año, y luego hacerte desaparecer. Allí es muy fácil.
-Lo sé, por eso me escapé. No les iba a dar el gusto a ellos, nada menos, de que vieran mi sangre.
-Mario, ya no podremos cambiar el mundo.
-¿Podés hacer algo por mí?
-Claro que sí.
-Andá a comprarme yerba, azúcar y unos bizcochos.
Ernesto dejó el saco sobre el respaldo de la silla y fue hacia la puerta. Salió en mangas de camisa. Mario lo acompañó hasta el umbral y eso le permitió ver que un tipo delgado, de anteojos y barba incipiente, bajaba de un auto algo así como un plato para antena satelital. Siguió espiándolo. El tipo volvió al auto y sacó un maletín negro que parecía una notebook y un par de auriculares. Mario cerró la puerta. El tipo entró en la casa contigua.
Mario quiso acortar el tiempo de espera escuchando algún cassette que quedaba sobre el viejo radiograbador. Le sorprendió que aún funcionara. Con música de fondo, se acordó de Alicia Fortes, la chica que se fue un día sin decirle adónde. Recordó que ella soñaba, entre matices revolucionarios, con la medicina y con curar a la gente. Siempre fue lo único que le importó.
La vuelta de Ernesto, con algunas bolsitas de supermercado, no lo inmutó y siguió en su pose meditabunda. Ernesto pasó de largo, sin hacer demasiado ruido y fue hasta la mesa donde dejó las cosas.
-Ahí te traje para dos días. Hasta te compré un mate y una bombilla nueva. Si hay alguna acá, debe dar asco.
-Ah.
-¿Qué te pasa? Ya sé. Te preocupa el tipo de al lado. De acuerdo a los informes que tengo, no creo que sea del otro bando. Eh, Mario. Te noto medio boludo.
-Dale con lo de boludo. Me acordaba de la estación. Mirá por acá, por el vidrio roto. Me acuerdo del cartel pintado y firmemente hinchado de orgullo proclamando su nombre: Ludueña. ¿Vos no te acordás?
-No mucho. Yo era muy chico.
-Si estábamos trepando de los soportes de las hamacas, al costado.
-Mario... sé que va a ser difícil que comprendas. Pero... estoy tramitando tu pasaporte. Ya te conseguí algunos contactos. Si te vas del país un par de años, después la gente se olvida... y podés volver.
-Ya me las arreglaré, Ernesto. No voy a permitir que toquen mi sangre.
Ernesto tomó el saco. Casi con enojo, extrajo dos billetes de cien pesos y los dejó sobre la mesa. Se encaminó hacia la puerta y antes de que Mario preguntara algo dijo que era por las dudas.
Apenas salió Ernesto, Mario se puso a preparar unos mates. Mientras calentaba el agua, oyó los golpes suaves en la puerta.
-Soy yo, vecino. Necesito ayuda.
La voz era joven y, acatando lo que dictaba su intuición, decidió abrir. Deseó fervientemente que no fuera del otro bando. Lo miró, se dejó saludar, devolvió el saludo y lo escuchó. Venía a pedir una prolongación con enchufe de unos tres metros y agregó que se llamaba Estévez, un servidor. Dijo que estaba creando un sistema interesante, y acentuó la desconfianza de Mario cuando lo invitó a conocer el experimento. Sin embargo, Mario asintió con la cabeza, se presentó con su nombre y volvió a desear con fervor que Estévez no tuviera nada que ver con sus perseguidores.
Salieron de la casa. Mario cerró con llave y al cruzar el jardín descuidado percibió un silencio inusual para ese verano. No encontraba palabras para decirle algo a Estévez, y se incomodó. El último avión de cabotaje que volaba Buenos Aires-Rosario rompió el momento con su estrepitoso juego de luces y motores. De a poco se fue apagando hasta desaparecer cuando sus ruedas tocaron pista en el aeropuerto ubicado en la parte oeste de la ciudad. Estévez le habló del cielo y de la riqueza que se esconde detrás de cada estrella, o de cada año luz. Al entrar en la casa le prometió hacerle conocer el detrás de la escena del firmamento. Mario se asombró cuando vio la habitación repleta de monitores y cables, y una computadora e instrumentos de medición.
-¿Y esto, Estévez?
-Mi trabajo. He creado un programa de búsqueda de comunicación con civilizaciones extraterrestres.
Mario se acercó a la pantalla de la computadora. Estévez dio un salto y se sentó en la silla giratoria, frente al teclado. Apretó un botón, luego otro.
-Mario, yo estoy aquí porque me lo indicó el programa. De acuerdo a los cálculos, en este lugar tengo posibilidades de contactar científicamente. Y que te quede claro que esto no es superchería ni charlatanería. Existe un punto de contacto y lo vine siguiendo con el coche y los radares computados. Éste es el sitio más apto para establecer comunicación con una entidad extraterrestre.
Mario sonrió con pena. Estévez no dejó pasar ese gesto.
-Mario, sé que es difícil pero es así. Tomé las composiciones químicas de cada especie sobre la Tierra. Archivé y combiné propiedades dermatológicas, óseas, líquidas, de humanos y animales y propiedades de los vegetales. Una vez que los tuve registrados, supe que podría obtener, por un proceso informático inverso, una combinación no existente sobre la Tierra. Luego diseñé un detector que funciona con un decodificador que ingresa los datos a mi P.C. De acuerdo al grado de energía captado, se enciende una luz verde y aparece un protector de pantalla que me indica con una frase en movimiento, de derecha a izquierda, ¿ves?
-Ajá. Ahí dice: Entidad Extraterrestre Cercana.
-Lo que sugiere, Mario, que tal vez algún resto de meteorito, o de una nave espacial, o de algún ser, ha caído por aquí cerca.
-Es interesante tu creación, Estévez. ¿Cómo se le escapó esto a la NASA?
-¿Quién te dijo que se le escapó? Tal vez, ya lo tienen. Vos sabés que los yanquis hacen todo a escondidas, y después te muestran lo que les conviene.
-¿Y por qué me contás esto a mí?
-Porque ya te probé. A través de mi equipo escuché la discusión con Ernesto. Debía saber quién era mi vecino. Ahora somos dos los que necesitamos cierto tipo de protección.
Estévez lo invitó con unos mates. Siguió llenándole la cabeza a Mario con terminología técnica y toda clase de cálculos que, de todas maneras era imposible que se probaran en ese momento. Estuvieron juntos hasta muy tarde. Hasta que Mario decidió volver a su casa, vencido por el sueño y la idea de que estaba muy jugado y que su futuro dependía de la suerte y de la verdadera identidad de Estévez. Se acostó en la cama que tenía un olor a humedad difícil de tolerar. Ingresó en un profundo estado onírico que le permitió recordar a Pablo.
Veía a Valeria acomodando con ternura alguna ropita para bebé recién nacido. Y veía a su esposo apenas levantando la vista de un diario deportivo que estaba leyendo repatingado en un sillón del living comedor. Y oía sólo diálogos interminables.
-¿Qué es la felicidad, Pablo?
-El tema de un cantautor tucumano, de enorme éxito en los años setenta.
-Debí tomarme unos segundos antes de preguntarte. Debí suponer que interrumpir tu profunda lectura, así de golpe, no permitiría que se reacomodaran las neuronas destinadas a ejercer métodos filosóficos de envergadura.
-Fue una broma, vida mía. La felicidad, es algo así como una sensación abstracta. Es, cómo explicarte, es... Por ejemplo, si mañana Central le gana a los brasileños del Atlético Mineiro cinco a cero, lo que es muy difícil dado el resultado adverso previo: cuatro a cero. Eso sería la felicidad absoluta.
-Pablo, mañana es más probable que nazca nuestro primer hijo, a que tu Central pueda ser campeón de esa copa internacional que ya ni sé, ni me interesa saberlo, cómo se llama. ¿No te parece que ese hecho, único en nuestra historia de pareja, se aproxima un poco más al estado de felicidad?
-Vos no vas a creer, Valeria, cada día que pasa te admiro más. Cuando tenés razón, tenés razón. Ahora, no podés negar que es un poco injusto que el día en que tiene que nacer nuestro primer hijo sea ¡fatalmente! el día en que Central juega una final que puede ser histórica. De todas maneras, voy a conservar la entrada hasta último momento. Porque si las contracciones no son las indicadas como de trabajo de parto, voy a la cancha igual.
-Si no estás a mi lado durante el parto, no voy a perdonártelo por el resto de mi vida.
-Y mañana, nada menos, el día del aniversario de la palomita de Poy.
-Estás a tiempo de evitar que nuestro hijo sepa que su padre es un energúmeno que sólo tiene en su cabeza una pelota de fútbol y un circuito debajo de su cuero cabelludo por donde trotan, sin agitarse un segundo, once jugadores con la camiseta de Central. No vayas, Pablo.
-Me pedís algo difícil.
-Mandalo a tu amigo, Mario Rosso, del que tanto me hablás desde hace años.
-No le gusta el fútbol. Nunca le gustó. Él es medio intelectual.
-Pablo, siempre soñé con un parto en compañía del hombre que amo.
-Si se suspendiera el partido. La vida no puede ser tan injusta conmigo.
Mario salió del sueño con intenciones de prepararse un café que lo despabilara. Estaba acostumbrado a soñar con mujeres. Alicia entre ellas. Lo de Pablo, su amigo de la infancia y de parte de la adolescencia, le sorprendió. En cambio, Alicia solía aparecer en sus sueños en situaciones diversas: a veces de camarera en Los Ángeles, a veces de enfermera en Canadá. A veces el sueño era un recuerdo: la primera vez que tuvieron sexo en el túnel que pasaba por debajo del puente Humberto Primo, justo cuando pasaba una locomotora del Belgrano y debieron protegerse en la prisión de ambos cuerpos, hasta poder huir del lugar, casi con vergüenza. Mario encendió la radio y se dio cuenta de que era el otro día, el 19. Se hablaba del calor y del partido final que jugaba esa noche Central contra un equipo brasileño. El agua estaba en su primer hervor cuando golpearon a la puerta. Deseó fervientemente que no fueran ellos con sus armas automáticas, con sus capuchas, con su repugnante impunidad de cualquier tiempo y espacio. Apagó la cocina y fue hacia la puerta. Intentó espiar por el vidrio roto de la ventana del frente, pero el tipo estaba tan pegado al umbral que sólo pudo ver uno de los brazos. El riesgo de que apareciera un caño y presionara su nariz era grande; sin embargo, por una de esas razones inexplicables, abrió. Podría haber dicho que su cara le resultaba conocida, pero hubiera sido fingir no recordar, y él tenía una memoria muy eficaz para las caras que le acompañaron en los cinco años de la secundaria. Demoraron un segundo y medio en fundirse en un abrazo. Mario le dijo que pasara, que cómo se encontraba, qué era de su vida. Pablito le dijo que se casó, que vivía de changas, haciendo reparaciones, y que ese día iba a ser papá de un nene que, indefectiblemente, sería canalla. Mario le convida un café y piensa que si Pablo es el mismo tipo de años atrás, nunca lo traicionará.
El barrio está igual, Mario. Tus abuelos ya no viven, ¿no? Qué bueno que te encuentro, porque vine a extorsionarte. Bueno, bueno. No te asustés. Mirá, tengo un problemita y necesito de tu ayuda. Hoy, estoy casi seguro, mi mujer va a dar a luz. Y no quiero perderme el partido por nada del mundo. Es una final internacional, y si ganáramos sería para la historia. Vos sabés lo que yo quiero a Central. ¿Te acordás, en la secundaria? En el ochenta, no me presenté a la mesa de Inglés, el 22 de diciembre, porque me vine a pata desde Córdoba, cuando salimos campeones. Por esa promesa, llegué cuatro días después, con unas ampollas impresionantes y tan acalambrado que estuve en reposo hasta después de la Navidad. ¿Y qué querés que haga por vos, Pablito? Yo sé que no te gusta el fútbol, pero no me queda otra. Mi mujer me quiere en la sala de parto con ella. ¿Y si nace a la hora del partido? Ah, comprendo, vos querés que yo te reemplace en la sala de parto, que le haga mimos a tu señora, que la asista clínicamente, y que cuando tenga en brazos a tu hijo lo levante hacia el cielo y le diga: esperá un ratito que papá está en la cancha cumpliendo una misión muy importante. Siempre fuiste un tipo irónico, Mario. Y qué bien que la manejás. Ya no te acordás de aquella vez que toqué timbre, aquí mismo, casi de noche , sin que nadie respondiera... Yo entré porque vos y tus abuelos me dieron la llave, en confianza. ¿Te acordás que te encontré con Alicia, los dos semidesnudos, dormidos, con el aparato de música encendido? ¿Te acordás que cuando despertaron, me vieron recostado en el sillón donde estaba desde hacía como media hora? ¿Te acordás que Alicia huyó con pudor, para vestirse de inmediato, y yo les dije que no se hicieran problemas porque me habían inspirado tanta ternura ante la calentura consumada que me daba pena interrumpir? Sí, Pablito, por favor, me acuerdo de todo, tal cual. ¿A qué viene todo esto? Viene a que, después de aquel episodio, hicimos un pacto de hermanos. Yo no contaba lo que vi, y te aseguro que hasta hoy no hice mención del hecho, pero vos me retribuías cuando hubiese un caso de extrema necesidad de mi parte. Así fue, Pablito, ¿y ahora? Ese día ha llegado, Mario. Aquí tengo mi entrada para el partido de esta noche. La única persona, en el mundo, que puede estar en lo más alto de la popular, como si fuera yo mismo, sos vos. No, no, pará Pablito. No puedo moverme de esta casa, por ahora.
Mario le pidió que se tome el café y lo escuche. Pablo se asombró con cada palabra y, a veces, repetía: hijos de puta. Se conmovió y le insinuó que en la multitud del estadio podría generar algún movimiento que le permitiera escapar más lejos.
-Esto que me contás, Mario, es confidencial, ¿no?
-No, no. Para nada confidencial. Lo sabe todo el mundo. Si hasta Ernesto, ¿te acordás de Ernesto? Me vino a buscar para que huyera al exterior. Pero quiero pensar bien mis pasos.
-Che, hasta es probable que tengan un tipo aquí cerca, vigilándote, con equipos electrónicos sofisticados, como en las películas, y escuchando tus conversaciones.
Pablo se sintió incómodo con la situación. Se asomó por el vidrio roto y miró hacia la estación.
-Cuántas veces nos sentamos a soñar, bajo ese árbol, ¿eh, Mario?
-¿Cómo viene la mano, Pablito? ¿Tanto mal les puede hacer si pierden esta final?
-No lo vas a entender, Mario. Lo que te pasa a vos es más importante.
-Vos sabés que jamás traicioné un pacto. Dejame la entrada que lo voy a pensar.
-Te la dejo. Total, no voy a poder ir. Las contracciones son cada vez más intensas. Vuelvo a casa enseguida, no sea cosa que ya nazca.
Apenas se fue Pablo, Estévez ingresó al comedor sin siquiera golpear. Venía con un gesto que lo delataba ofendido. Le tiró a Mario sobre la mesa una carpeta con hojas escritas a máquina que incorporaban agregados y tachaduras con birome azul.
-Ése soy yo, Mario. No un tipo aquí cerca, vigilándote con equipos electrónicos sofisticados.
-Otra vez estuviste escuchando.
-Te estoy protegiendo. Somos del mismo palo, Mario. Vas a cumplir con el pacto porque yo tengo un plan. Y ojalá gane Central. Con los festejos, todo va a pasar desapercibido.
Estévez estuvo hasta el mediodía, diseñando planos, recorridos y sincronizando lo que consideraba su plan. Su alocución dejó perplejo a Mario que, con sueño, decidió no almorzar y coordinó una siesta para estar entero toda la noche. Cuando se quedó solo se sacó la ropa y se tiró en la cama, primero a mirar el techo pensando si seguía el camino correcto y después, tras un bostezo prolongado se internó en un sueño que involucraba a su amigo Pablo.
-¡Taxi, taxi!
-¡Esperá, Pablo, me duele mucho!
-Tranquila. Yo subo el bolso. Sentate como puedas.
-¡Pablo! ¡Me estoy orinando en la calle!
-¡Rompiste bolsa! Subí, que ya nace.
-¿Aquí, en la vereda, va a nacer?
-Si no subís rápido, sí. A la maternidad, chofer.
-Tranquilícese, señora. Ya tengo tres nacimientos en este coche, así que estoy bastante canchero.
-Secate la transpiración, Valeria. Y respirá con calma.
-¿Llevamos todos los documentos, Pablo?
-Sí, y la radio también.
-¿Va a escuchar ese partido, muchacho?
-Sí. Apúrese, hágame el favor.
-No se haga malasangre, muchacho. Esa final ya está perdida. ¿Usted cree que Central va a hacer cuatro goles, por lo menos, para ir a los penales? Además, los brasileños lo van a matar a contragolpe, y le van a llenar la canasta.
-¿Por qué no se limita a manejar, y rápido?
-Ehhh, ¿quién entiende a la gente? Nos acusan de criminales de la calle. Y ahora, este canallón resentido me pide que pise el acelerador.
-Mirá, pecho frío... En otra circunstancia, te bajaba del coche a trompadas.
-¡Pablo, por favor! Pensá en nuestro hijo.
-Cálmese, señora. Fue sólo un incidente. Ya llegamos. Espere que le arrimo al cordón.
-¡Pablo, no aguanto más! El dolor es más intenso y seguido.
-Vamos, Vale. Vamos a mesa de entrada.
-¿No me va a pagar?
-Tomá, tomá, miseria. Quedate con el vuelto.
-¿Qué vuelto? Si falta un peso.
-¡Que te lo pague tu vieja!
-¡Ay, Pablo! Creo que ya viene.
-¿Señor?
-Mi señora está por parir. ¿Está el doctor Valente?
-No es su turno. Pero ya lo llamamos. Vayan con sus cosas a la sala 18, que ya les mando a los auxiliares. Déjeme la documentación, por favor.
-Sí, sí. Aquí está, señorita.
Mario se sobresaltó cuando Estévez ingresó bruscamente. La puerta no estaba cerrada y, con cara de mal dormir, podría haber recibido una sorpresa desagradable. Te traigo una camiseta de Central, ya son las siete de la tarde. Me gusta la idea de ponérmela, pasaré desapercibido, ¿no? Subamos al coche, Mario, vamos hacia el Gigante de Arroyito. A veces creo que me leen los pensamientos, coche rojo, un Renault. Vamos despacio, hace calor, lo miro a Estévez y llegando a la avenida Alberdi noto un clima enrarecido. Como si faltaran sólo horas para que se cumpla el triunfo de una revolución. La gente va en silencio, con la mirada hacia el piso, como esperando algo extraordinario. Un pibe, todo vestido en azul y amarillo, con una bandera que dice “Soy Canalla”, le dice sonriendo a un ciclista que esta noche ganamos. Es sólo una expresión de deseo. Nos detiene un semáforo y pasan dos hombres haciendo especulaciones del tipo si hacemos dos goles en el primer tiempo, en el segundo no nos para nadie. Llegamos a unas cuadras de la cancha. Bajo del coche y a partir de este momento el tesoro pasa a ser la entrada. Sin ese papelito rectangular no podré cumplir con Pablito, que, tal vez, en este instante esté con su hijo en brazos. Me acerco a la cola. Está poblado de policías que te piden la entrada y te palpan de pies a cabeza. Transpiro más de la cuenta. Dos aficionados dicen que escucharon por ahí que arrojaron bombas de estruendo toda la noche en la puerta del hotel donde descansaron, si cabe el verbo, los del Atlético Mineiro. La frase se convierte en leyenda y comienza a circular de boca en boca. Pasan a mi lado las mujeres más hermosas de la Argentina, con esas remeras canallas que les marcan con franqueza los pechos. Ya no importan si son altas, bajas, delgadas o rellenas. Son hermosas y tremendamente apasionadas. Alicia era canalla. ¿Estará esta noche? Mientras voy por el pasillo hacia la tribuna que da al Club Regatas Rosario, todos comienzan a aplaudir al ritmo de un cántico de guerra: ¡Soy canalla, soy! Y cuando subo a la boca de entrada y quedo de cara al campo de juego, pienso que no vendría mal concretar una utopía para toda esta gente. Y para Pablo, sobre todo. Me ubico bien arriba. Veo toda la ciudad, todas las estrellas, el río. Vienen unos pibes con unos trapos. Van pasando como si su metraje fuera infinito. Es un solo trapo. Es la bandera gigante dice un viejito de unos ochenta años. No lo puedo creer. Un hombre que, por más que le apasione esto, podría estar sentado en la cocina de su casa pegado a la radio. Junto a él está un tipo grandote que me pide que no pise la bandera. Te podés caer, me dice, cuando salga el equipo. Los lugares se van poblando y se cumple la advertencia. Me corro unos centímetros cuando aparece Central. Miles de gargantas estallan en un solo grito, miles de papeles atraviesan el cielo misterioso, miles de metros cubren las bandejas con esa bandera azul y amarilla que pasa a ser protagonista de ese instante irrepetible. Toda la gente queda cubierta por el manto, para ellos sagrado, y yo zafo porque estoy en el escalón más alto. Lo que me permite ver el tablero electrónico con la formación local. Lo leo por respeto a Pablo, reforzando su presencia espiritual, si se quiere. Dice: Bonano, Ordóñez, Carbonari, Lussenhoff y Graff; Coudet, Palma, Sánchez y Gordillo; Da Silva y Cardetti. Suplentes: Abbondancieri, Falaschi, Daniele, Colusso y Pobersnik. Director Técnico: Ángel Tulio Zof. Posan para las fotos de los medios gráficos. El árbitro, un uruguayo que, según el viejito de ochenta, dirige hoy por última vez, coloca el balón en el centro de la cancha. Los contendientes ya están frente a frente. Una mujer grande, acá cerca, se aferra a un rosario azul y amarillo. Un barbudo con el torso al aire tiene entre sus manos un sapo ahorcado con un pañuelo, también azul y amarillo, e implora: Pilato, Pilato, si no salimos campeones, no te desato. ¿Se llamará Pilato el sapo? Dejo de lado la superchería y miro el partido. Hay mucha gente, pero no estamos apretados. Un tipo que le hacía masajes en el tobillo a un caído durante la salida del equipo, dice que teme por Bonano; no es un arquero, es un boxeador; las rebota todas, declara. Lo miran feo. Central juega tranquilo. No parece que hubiera perdido cuatro a cero. La pelota circula de aquí hacia allá y yo, ignorante, me pregunto si no tienen que meterla en el arco de los brasileños. A los veintidós minutos, según el tablero electrónico, me responden. La pelota toca la red. Es Da Silva el encargado de conmover a la gente. Todos gritan, se abrazan. La mujer del rosario me abraza. Y yo pienso que si la mano viene así, tengo que encontrar a alguna de las chicas que vi en la cola, al entrar. A los pocos minutos detecto un trío de ellas, cerca de la boca de entrada. Bajo unos escalones y me paro detrás de las tres bellezas. A los treinta y ocho minutos, me toca a mí. El grandote Carbonari ejecuta un tiro cerca del área de Mineiro. Le da a la pelota con el lanzamisiles que tiene en su botín, a media altura. Creo que rompió la red, pero no pienso más porque todo estalla en emotivos gritos, y el trío femenino se ensaña conmigo. Me abrazan las tres, pero una de ellas me rompe los labios con un beso que pasará a ser leyenda. Tras el instante de éxtasis sobreviene una preocupación. Se arma un tumulto entre varios jugadores, se agreden el espigado colorado de Central y un brasileño. Son expulsados los dos. La tarjeta roja sobrevuela temeraria el césped del Gigante, en busca de otros destinatarios, sin conseguirlo. Cuando todo parece que va a terminar así, me gano otro beso de la inolvidable morocha que salta apoyándose en mis hombros. El culpable es el petisito Cardetti, al que apodan el Chapulín, que se escapa veloz por la derecha, amaga y con su zurda derrota al arquero rival. Ya es fiesta en Arroyito. Tres goles en el primer tiempo, es demasiado. Los cálculos más optimistas empujaban a hacer dos. Entonces, a dos pasos de la hazaña. Termina el primer tiempo. Todos se sientan. Algunos bajan a tomar una bebida fresca, otros a mear. Todos sonríen. Yo me concentro en un instante adormecedor, como me viene ocurriendo durante todo el día. Pienso en Pablo y se me caen los párpados de sueño.
-Pablo, escuchame un momento.
-Sí, doctor Valente. Espere que me quito los audífonos.
-Mirá, eh... quitate el guardapolvo también. No vas a poder presenciar el parto. La cosa se complicó y va para dos horas más.
-¿Qué le pasa a Valeria? ¿Corre peligro?
-Si hacemos las cosas bien, no. Falta dilatación y, para colmo, se atravesó la criatura y se enredó con el cordón umbilical.
-Dígame la verdad, doctor. Porque es injusto. Ya me quedé afuera de la final de la Conmebol, y ahora me quedo afuera del nacimiento de mi hijo.
-Lo siento de verdad, Pablo. Tené fe. Todo va a salir bien. Te repito, con paciencia, en dos horas terminamos. Ya mismo voy a entrar, hay un intenso trabajo de parto.
-Vaya, doctor. Haga todo lo posible por salvar a los dos.
-A propósito. ¿Cómo va Central?
-Gana tres a cero. Recién terminó el primer tiempo.
-Ves que hay que tener fe. Te dejo.
-Vaya, doctor. Yo voy a ir al baño. Puta, me estoy meando. Me siento maniatado. ¿Qué voy a hacer aquí? Estas dos horas me van a parecer un siglo. Me voy afuera, aquí me muero de calor. Ya estoy mejor.
-¡Flaco! Vos, el de la radio. ¿Cómo va el partido?
-Gana Central, tres a cero.
-¿No me macaneás? Mirá que vengo cansado del laburo, che.
-Te lo juro por mi hijo que está por nacer.
-Ya rajo para mi casa a escuchar el segundo tiempo.
-Y yo también quisiera rajar a alguna parte. ¡Eh, taxi!
Dejo de pensar en Pablito cuando ingresa la gente a la tribuna y me aplastan sin pudor. Salen a jugar el segundo tiempo. El balón empieza a circular. Nada es igual. Los brasileños están bien parados más adelante y ya no dejan pasar a nadie. Los muchachos de Central tocan y tocan, sin perder la calma. No pueden atravesar el vallado humano. En diez minutos Bonano pasa por un par de momentos angustiantes. Los minutos corren más que los jugadores. Van veinte y la multitud, que se ha multiplicado, comienza a acallar. Posiblemente, el sueño ha concluido aquí. Sin embargo, es como un retomar fuerzas y la presión de la gente se hace sentir en toda su dimensión. A los treinta minutos una mano me acaricia la nuca. Ya no es la morocha, que observa desconcertada. Es Pablo. Pablito, de cuerpo y alma. Me cuenta todo, mientras putea al árbitro porque expulsa a otro brasileño y al Chapulín Cardetti. La posibilidad del otro gol para Central se aleja cada vez más. Las voces no descansan en un último intento por presionar. La pelota circula. Don Ángel pide tranquilidad con los brazos. Los suplentes piden a la gente que no aflojen y canten. Todos miran el reloj del tablero electrónico. Implacable, frío, señala cuarenta y dos. Pablo putea y, tras la puteada, le sale un vamos negro. El asunto se fabrica por la izquierda, es Palma el dueño y señor de esa pelota. Lo miro a Pablito, miro alrededor, y deseo fervientemente que pase algo bueno. Palma la arroja al corazón del área. Salta el grandote Carbonari. Cabecea. La volada del arquero Taffarel es estéril. Es Gol. Es Gol. Es Gol. Es Gol. El delirio desatado no me permite adivinar quién me besa esta vez. Pero la morocha no se desprende de mi cuello, por nada del mundo. El Gigante de Arroyito revive y, hasta yo, soy feliz. Por mi amigo, por toda esa gente que aún cree en utopías, aunque hoy sea futbolera. Pero, ojo, serenidad. El árbitro dice se acabó. Ahora viene otra brava, los penales. Yo no sé mucho de fútbol, pero lo de los penales nunca es apto para hipertensos. Se patean en el arco del tablero. ¿Por qué tan lejos de nosotros? El primer penal es para los de camiseta blanca y negra, o sea para ellos. Pita el árbitro. Se paralizan los corazones por una fracción de segundo. Estalla el estadio. El tipo la tiró afuera, casi al tablero electrónico. Acomoda Palma. La experiencia, dice Pablo mientras cruza los dedos. Remata el negro. Es Gol. Acomoda otro brasileño. Toma carrera. Rebota en un palo. El Gigante celebra. Va a tirar Colusso, me canta Pablo, pibe muy joven. Ataja el arquero. El Gigante es una respiración contenida. Tira otro de Mineiro. Es Gol, y sólo se grita en Brasil y en algún rincón aislado de la ciudad. Se para Pobersnik. Le da. Es Gol. Tira otro brasileño, y lo hace. Hasta aquí, dos a dos. Tira Carbonari, el de la fuerza increíble. Es gol, seguro. Para Mineiro, también es gol su último penal. Están tres a tres. Es el silencio que precede a la revolución. Acomoda Da Silva. El experimentado, acota Pablito castañeteando sus dientes, nervioso. No nos puede fallar, justo hoy. Deseo con todo el fervor del mundo que pase algo grosso. Da Silva toma carrera, va hacia la pelota. Le pega. Y es Gol. Central es Campeón, y Pablito me abraza llorando. Miles de tipos invaden el campo de juego en busca de algún trofeo que guardarán para siempre. Bombas, bengalas. Toda la ciudad se alza en torno de esta caja luminosa llamada Gigante. Pienso en la morocha. Me debe el último beso. Pero la avalancha no se lo permite. La pierdo, la pierdo para siempre. Desnudan a los jugadores. Es la vuelta olímpica, me dice Pablito todavía llorando. Ya lo sé, tan boludo no soy. Vamos, Pablito, ya cumplimos. Yo hasta el coche de Estévez, vos a la maternidad. Salimos del estadio, como podemos. A los saltos, cantando. Pablito es feliz porque me oye gritar “soy canalla”. Vamos por Avellaneda hacia el sur. Llegamos al cruce con Junín. Pablito engancha un taxi. Irá a abrazarse con su hijo. Deseo con fervor que le vaya bien. Es inmensamente feliz. Miro a mi alrededor hasta que asoma el Renault rojo conducido por Estévez.. Frena. Me contempla en silencio y comienza a dibujar una sonrisa cuando ve que abro la puerta. Subo y le digo que está bien. Es mi decisión. Pero antes quiero pasar por la casa. Debo llevarme dos objetos entrañables que tienen que ver con Alicia. Discutimos. Al fin accede. Vamos hacia Ludueña. En cada rincón de barrio se festeja. Me gusta, sin embargo me entra sueño, y otra vez Pablito.
-Pablo, ¿me querés decir dónde carajos estabas?
-Aquí, en la calle, doctor. ¿Qué pasó?
-Hace un rato largo, ya, nació tu hija. Todo salió bien. Te están esperando en la sala. Pasá, che. Pasá.
-Hola, Valeria. Mi amor, ¿y esta gorda preciosa?
-Te amo, Pablo. ¿Viste qué linda es nuestra hija?
-A ver, a ver. Venga con papá. ¿Puedo besarla?
-Sí. Pero, estás transpirado, ¿qué te pasó? Los nervios, ¿no?
-Hace un calor bárbaro, ahí en el pasillo. Pero soy feliz, Valeria. Dame un beso.
-¿Aunque Central haya perdido?
-Central salió campeón. Pero después te cuento.
-Sabés que para compensar tu ausencia en la sala de parto, porque me imagino que habrá significado una frustración, te cedo la posibilidad de elegir el nombre de la nena.
-¿Verdad? ¿A qué hora nació?
-¿No te dijo el doctor Valente? Nació el 19, a las 23,20 horas. Dale, Pablo, decime un nombre para la nena.
-Se llamará Milagros del Rosario. ¿Te gusta?
-Sólo espero que le guste a ella.
Estévez me codea para que despierte, abro los ojos y veo que cruzamos las vías por Carriego. Vuelvo a sumergirme en un sueño, esta vez, sin retorno. Sólo oigo a Estévez que no deja de hablar y de dar explicaciones.
Comprendo que ustedes quisieran atraparlo, pero no puedo contarles otra cosa que no sea lo que vi y oí en aquellos momentos. Esta es la verdad: Me dejé convencer por Mario con facilidad. Porque él tenía esa cualidad. La de persuadir con su inquebrantable honestidad. Entonces, lo llevé hasta la casa del pasaje Rafaela, allí en Ludueña. Llegamos con el coche. Estacionamos. Mario bajó para cruzar la calle, todavía con la camiseta de Central puesta. Antes me había dicho: no, Estévez, vos quedate. Así hacemos más rápido. Mario estaba en medio de la calle y tras el impacto de dos proyectiles, cayó. Al menos, fueron dos explosiones. El tipo que le tiró, desde la vereda de la plaza, huyó velozmente hacia las vías, protegido por la oscuridad. Bajé del coche de un salto y me acerqué. El cuerpo de Mario yacía justo debajo de uno de los faroles del alumbrado público. Un líquido espeso, de un verde no muy definido, comenzó a asomar por debajo de la ropa y se derramó por el piso. Los ojos de Mario estaban muy fijos, tal vez en alguna estrella lejana. Pero yo me arrodillé a su lado, y le hablé. ¿Qué es esto, Mario? ¿con qué te estás dando? Le pregunté. Se te hizo, Estévez. Las coordenadas de tu equipo no fallaron. Se te dio lo que anhelaste durante años. ¿Qué me estás diciendo, Mario? Estás delirando. No, Estévez, me dijo. Mis verdaderos viejos eran científicos que murieron accidentalmente en una misión aquí, en el noroeste del país. Investigaban por qué este planeta es muy semejante al nuestro. Luego, me adoptó la familia Rosso que, claro, nunca supieron nada de esto. Voy a llamar una ambulancia, le dije. Fui al coche y tomé el celular. Marqué, y esperé. Por favor, tengo un hombre herido. Anote la dirección... Se la di. Me arrodillé otra vez junto al cuerpo. Le dije, Mario, ¿qué te está pasando? Él me respondió entre pausas. No somos superiores a ustedes. Hay algunas diferencias, nada más. Nuestro cerebro recuerda desde que nacemos, con total nitidez; de otra manera no sabría quién soy. Y el color de nuestra sangre se debe a una contaminación producto del uso de armas químicas en una gran guerra que hubo hace miles de años. Guerra que retrasó a la comunidad en muchos aspectos. Por eso, tecnológicamente, vamos parejos. Yo tenía dos años cuando me fui, pero recuerdo automóviles, trenes y aviones que funcionan por un sistema de electromagnetismo desarrollado. También, tenemos la capacidad de lograr que se cumplan los deseos más fervientes, algo así como la fe de ustedes. Le dije que me estaba cargando. ¿Me vas a decir que viniste en una nave intergaláctica? Y él siguió hablando. Aquí, Newton estudió la ley de la gravitación universal, a través de un hecho casual. Allá tuvimos a Oldton, un simple reparador de monitores que, gracias a un arco eléctrico, se dio cuenta de la velocidad que podía alcanzar un objeto hacia el lado opuesto a la fuerza de la gravedad. Sos un prócer, Estévez. Y celebro que seas vos el elegido para que la humanidad lo sepa. No están solos en el Universo. Insistí con el celular, casi a los gritos. Hola, clínica. ¿Qué pasa, que no vienen? Ya les di los datos. El hombre se está muriendo. ¿Me puede dar su identidad? Si no llegan a tiempo los demandaré judicialmente, o les haré un quilombo mediático de la puta madre. ¿Cómo dijo que se llama? ¿Doctora Fortes? ¿Alicia Fortes? ¡La quiero aquí, en menos de diez minutos! Mario hizo otro esfuerzo para seguir hablando. Seguramente, me quería contar que a partir de ese descubrimiento comenzaron a desarrollar las naves interplanetarias. No insistas, Estévez, en diez minutos no estaré aquí. Porque allá no hay cementerios. Al morir evacuamos toda la sangre; y los tejidos y la conformación ósea se comprimen, hasta desaparecer. No te podés morir ahora, Mario, le dije. Pero él seguía. Traé tu videocámara, antes del final. Porque nadie te creerá, Estévez. No, Mario, quiero que te salvés. Es inevitable, Estévez. Sé que es inevitable. Nadie te creerá. Alicia se está demorando. Mario cerró los ojos por primera vez. No, Mario, aguantá. Estévez, yo te prometo que si hay otra vida, voy a contar esta historia. Y un día, en esta plaza, lloverán páginas con mis palabras. Esa será la señal. Mario volvió a abrir los ojos y me miró. Cuando comenzó a oírse lejos una sirena, no sé si de ambulancia, policía o bomberos, los cerró por segunda vez. La sirena se oía cada vez más cerca. Sin embargo, no supe identificarla con certeza... ¿Por qué me miran así? Hagan lo que quieran. Esta es mi verdad.