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La palabra
El Guille Vivaldi (sí­, como el músico) la conoció la última temporada, cuando fue por primera vez a la heladerí­a. También esa vez fue el único del grupo que pudo zarpar de vacaciones, siempre con su guitarra, gracias a unos pesos que ganó su tí­o Gustavo Adolfo (sí­, como el poeta) en la clandestina.
Fue muy reservado a la hora de describirla:
-Cabello recogido, negro, protegido con prolijidad bajo la gorra blanca con el logo de la firma. Labios carnosos y siempre juntos,como buscando el silencio de chica dura. Y ojos profundamente almendra que brillaban sólo al servir el vasito de plástico.
Le llevó tres meses observarla, oí­r disimuladamente sus preferencias cuando entraba una amiga, porque hablaba poco. Morí­a por decirle que llegó al lugar para tocar en un boliche decenas de covers de verano. Pero le pareció demasiado canchero y muy lugar común. Y al final calló.
Pasó el otoño, pasó el invierno, pasó la primavera. Y Vivaldi supo todo lo que iba a decirle. Cómo se acercarí­a esta vez. El primer beso (¡como los pibes que recién se inician!). Y algún susurro no tan efectista, sino más bien creí­ble. Se convenció de que esta temporada la pasaría junto a ella.
Me llamó el otro dí­a, por la mañana, desde la estación. Había encontrado la primera palabra, aquella que lo catapultarí­a hacia la magistral oratoria que ya tenía totalmente estudiada. No en vano le habí­a llevado meses prepararla. Y, oh casualidad, la primera palabra fue la que más le costó encontrar. Pero la encontró, y eso era lo importante.
Con la guitarra eléctrica a sus espaldas, partió gastando veredas hacia la heladerí­a, polo de su ilusión. ¡¡¡Y estaba ella!!! Esta temporada, también estaba. Con la misma gorra blanca, el mismo cabello, los mismos consabidos etcéteras. Pero más encantadora. Algo más fuerte. La edad, tal vez.
Vivaldi sonrió. La música comenzó a sonar en su cuerpo joven, y entró en el local. Esta vez, en busca de algo más que uno de banana split y frutilla a la crema. Avanzó hacia el mostrador y temió no recordar la palabra. Y de tanto temer, no la recordó. Miró, para hacer tiempo, la extensa lista de gustos varios. Minutos después, comenzó a asaltarle la duda. Esta temporada, también podrí­a pasarla solo con su stratocaster.

Backstage
Fue la noche del 31 de diciembre de 1999. Melanio Asconzábal habí­a esperado ese amanecer tan cercano, con intensidad. Si bien no habí­a venerado con fervor (ni mucho menos) una predicción gitana que diecinueve años antes le vaticinó su muerte para el 2000,reconoció varias veces que, en tanto se aproximaba la fecha, crecí­a dentro suyo cierto grado de temor. Sobre todo, por la situación personal en que pudiera encontrarse en aquel momento. Sin embargo, algo falló para que los acontecimientos no se produjeran como tení­a previsto.
Fue así­ como Melanio alquiló una modesta casita sobre las barrancas del Paraná, al norte de la ciudad. Se llevó sus cosas (las que consideraba útiles para pasar el verano), y aceptó la realidad de afrontar, en el desamparo, el advenimiento del nuevo milenio (si es que éste comenzaba aquella noche).
Se sentó en una silla de madera y paja, como las que tení­a en el patio de la casa de su abuela. Se sentó al revés, contemplando el rí­o, con los brazos apoyados en el respaldo. Con un vaso en una mano, conteniendo la cerveza helada y espumante; con el cigarrillo en la otra mano, y el indefinido placer de verlo consumirse entre sus dedos, lentamente, como el milenio que se estaba yendo.
Melanio vio los fuegos artificiales y los cohetes que surcaban el cielo para terminar sumergidos en las aguas calientes. Escuchó durante algunas horas las explosiones, hasta que fueron diluyéndose en la noche eterna. Cuando cundió el silencio, comenzó el examen de su memoria:
Recordó que habí­a soñado para ese instante, la presencia de su primer amor, quien le entregó obscenamente su virginidad en una larga noche de sentimiento puro; y que, de pronto, sin más explicaciones, lo abandonó para irse a Canadá detrás de un ingeniero industrial que le proporcionarí­a un buen pasar (económico). Recordó que su mejor amigo se radicó en Europa dos años después de haber vuelto de la guerra de Malvinas, y nunca le escribió una línea;de ningún modo supo más nada de quien creí­a su hermano. Recordó que su madre se fugó con un vecino y lo dejó con su padre, hasta que éste murió de tristeza. Recordó a su abuela materna que años antes se fue en busca de su hija para darle un escarmiento. Recordó que todo fue muriendo para él y que la única compañí­a que se estuvo forjando para sobrevivir fueron unos libros que leí­a en la parada, mientras vendía baratijas a los transeúntes.
Con la primera claridad, Melanio dejó de recordar. Se levantó de la silla. La acercó a una mesa deteriorada sobre la cual habí­a dejado una resma de papel en blanco y una birome con ansias.
Escribió las primeras lí­neas sabiendo con certeza que nací­a su primera novela, que debí­a inventarse otra historia de su vida, y que, si la predicción gitana se cumplí­a, lo atraparí­a en plena búsqueda de eso que algunos llaman felicidad.

Ella sueña
Todas las mañanas, inmediatamente después del último giro de llave, Ella se entrega a ese proceso libre de todo impuesto y preso de esa vieja zorra que es la imaginación. Ella sueña despierta.
Son las ocho y, desde el vamos, Ella sueña que riega las plantas del jardí­n, que les habla, que disfruta viéndolas crecer. Da unos pasos, y sueña que el colectivo al cual sube es una bicicleta de verano sobre la que puede pedalear esquivando los cálidos rayos solares y elegir las sombras más adecuadas de la hilera de espesos árboles que bordean las calles.
Los sueños, especialmente si se dan cuando se está despierto, permiten opciones, juegos, desvarí­os. Sueña que a esa hora, ocho y veinte, está amando con verdaderas ganas y todo el tiempo del mundo a ese hombre que duerme con Ella, y que se ha ido tres horas antes a recrear otro proceso de ensoñación análogo. Sueña que una de las cuatro paredes sirve de blanco para estrellar ese resonante y maldito despertador electrónico hasta que se bañe en plástica sangre y agonice gimiendo pip pip pip... pip pip... pip pip... pip... pip...pip. Entonces, la cama se comprime y los dos cuerpos se revuelven sobre mosaicos graní­ticos, alfombras, césped o arena, según la escenografí­a que decida otorgarle el imprevisible realizador de los sueños.
Ella sueña que desciende en una esquina cuya calle, transversal a la que transita el colectivo, lleva su nombre. Se mete por ahí, y piensa que es una ambición desmesurada soñar que ve caminar libremente sólo a los que merecen estar libres, ve dar y recibir, ve la basura meterse en las bocas de tormenta sin taparlas. Sabe que es un sueño, pero se permite vivirlo intensamente.
Ella sueña, en la última instancia del rutinario recorrido, que llega a la oficina y se encuentra con rostros solidarios, desprovistos de toda sorna. Se adelanta en su sueño e imagina a su jefe sin la habitual cara de culo. La jefa de personal la interrumpe y le pide que pase por el despacho del supremo. Detrás del escritorio la espera el señor Nosécuánto, con una extraña e inusual sonrisa. Le dice que el sobre con el cheque de la liquidación es para Ella. Que no le discuta porque viene cansado de un viaje por algunas ciudades europeas. Le recuerda que es la décima vez que, en un mes, llega tarde al trabajo y que por su bien le aconseja que deje de vivir en la luna.